Geografías fílmicas: la ambientación, elemento narrativo esencial

Facebooktwitterlinkedin

No logro encontrar la página ni la cita, pero en un punto del libro “Cómo escribir una serie dramática de television”, de Pamela Douglas (2007) se habla de la importancia de localizar las series en un lugar concreto, en un universo en particular. Saco esto a colación por que hoy quiero hablar de un tema que considero importantísimo a la hora de crear una serie o una película, y que marca una de las diferencias más claras entre la ficción estadounidense y la española, y el éxito que una y otra cosechan entre nuestro público. Es la cuestión de la ambiéntación geográfica y social de una ficción.

¿Cuantas series españolas recordamos que lleven el nombre de una ciudad o de un barrio en su título? Pocas o ninguna, ¿verdad? Sin embargo, todos conocemos ejemplos como ‘Corrupción en Miami’, ‘Doctor en Alaska’, ‘El Príncipe de ‘Bel-Air’, ‘Policías de Nueva York’, ‘CSI: Miami’ o ‘CSI Las Vegas’. De hecho, en su libro, Pamela Douglas venía a decir algo así como que una pregunta que te van a hacer si intentas vender una historia es ‘¿pero esto, dónde sucede?’. Sí he podido rescatar del libro la frase de la guionista y productora Georgia Jeffries: “…para mí, un lugar es un personaje”. Y no siempre es necesario que aparezca en el título. ¿Donde sucede Dexter? En Miami. ¿Donde acontece ‘Breaking Bad’? En Nuevo México. ¿Algún fan de ‘The Wire’ ignora donde esta localizada? No, ¿verdad? Por que ‘The Wire’ era, sobre todo una serie sobre Baltimore, quizá el ejemplo más claro de cómo un escenario, una ambientación, puede llegar a formar parte de la propia propia identidad de la ficción, de su ADN, cuando no de su propia premisa, como en el caso de la serie de culto creada por David Simon.

the-wire_baltimore

Las míticas calles de los suburbios de Baltimore, escenario principal de ‘The Wire’

La ficción americana ha sabido usar su geografía y su realidad geográfica, histórica y social para construir sus relatos. Hollywood ha convertido sus ciudades en iconos cinematográficos, y sus diferentes territorios, con su propia idiosincrasia, en lugares comunes para espectadores de cualquier lugar del planeta. Si viajamos mentalmente a California, nos encontraremos en playas llenas de bellezas rubias, skaters, con la montaña de Hollywood de fondo. Podemos concretar más y decir ‘San Francisco’, y pensaremos en sus calles empinadas, que tan bien han explotado para filmar persecuciones (‘Bullit’, P. Yates, 1968; ‘La Roca’, Michael Bay, 1996, etc.), en el Golden Gate o en Alcatraz (de nuevo ‘La Roca’, o la mítica ‘Fuga de Alcatraz’, Don Siegel, 1979).

Las míticas calles empinadas de San Francisco, escenario de innumerables persecuciones. Arriba: ‘Bullitt’. Abajo ‘La Roca’

¿Quién no recuerda la persecución en coche de ‘The French Connection’ (J. Frankenheimer, 1971), bajo ese puente de Brooklyn? ¿O ese carrito de bebé cayendo escaleras abajo en mitad del tiroteo en la Union Station de ese ‘Chicago años 30’ en ‘Los Intocables de Elliot Ness’ (B. De Palma, 1987).

‘Los intocables de Eliot Ness’ y su icónica escena en las escaleras de la Union Station de Chicago.

Durante algún tiempo he sido analista de guiones, la mayoría de ellos amateurs, para una pequeña productora de Barcelona. Uno de los errores que suelen cometer los principiantes, y no tan principiantes es no ambientar la historia en ningún sitio. Una ciudad cualquiera, un pueblo X, un bosque en medio de ningún sitio. Por supuesto, no toda historia tiene que estar localizado en un lugar en concreto. Esto es muy aplicables sobre todo a los cortometrajes, que suceden en una localización cuya localización geográfica es lo de menos. Por ejemplo, una pareja que discute sobre su relación en la cama de un dormitorio, o un thriller psicológico y claustrofóbico que sucede en las escaleras de un portal. Y por supuesto hay grandes excepciones incluso en el largometraje americano, como ‘Seven’ (David Fincher, 1995), que sucede en una ciudad cuyo nombre nunca llegamos a saber, a pesar de que se refieren constantemente a ella como ‘esta ciudad’, y de que tiene un gran peso en la historia. Pero ese es justamente es una de los ingredientes intencionales de su ambientación.

'Seven' y su ciudad sin nombre

‘Seven’ y su ciudad sin nombre

Pero volviendo a la construcción de lo que yo llamaría una geografía fílmica americana”, no es solamente una cuestión de lugares icónicos, sino también de idiosincrasias locales. Retomando los ejemplos anteriores, podemos hablar de Nueva York y Chicago, tantas veces usadas (y no sin razones históricas) como sedes del hampa en la ficción americana. Esta geografía fílmica americana, seguramente basada en gran parte en el ‘cliché’, provee sin embargo una serie de efectivos (y efectistas si se quiere) telones de fondo listos para usar a conveniencia de cada relato, ya sea en concordancia con la historia, ya sea para generar contraste. Encontramos un ejemplo reciente de ese contraste en ‘Dallas Buyers Club’ (J. Marc Valleé, 2013), que usaba la fuerza del choque entre la cuestión gay y transexual y el clásico ambiente conservador tejano.

Jared Leto en 'Dallas buyers club'

Jared Leto en ‘Dallas buyers club’: gays y travestis en la conservadora Texas.

Pues bien, como decía antes, esto es (o al menos ha sido históricamente) muy diferente en nuestro país. Será por nuestro eterno cainismo, nuestros recelos regionalistas o nacionalistas (los periféricos, pero también los centralistas), o por nuestro complejo de inferioridad, que tantas veces deviene en odio o desprecio hacia el vecino, pero parece que en nuestro país siempre ha habido un cierto miedo o respeto a localizar claramente las ficciones en un lugar en concreto, y no digamos ya a utilizar nuestras diferentes idiosincrasias locales o regionales para crear conflictos potentes, sean cómicos o dramáticos. (Hablo del cine español post franquismo, puesto que si había un cine basado en los ‘clicheses patrios’ más recalcitrantes ese era el del régimen, pero no sería esto a lo que me refiero).

En cuanto a lo primero, no se ha sabido construir propiamente una geografía fílmica española, un mapa patrio de lugares cinematograficamente emblemáticos, de aquellos que hacen las delicias de un turista cinéfilo. A lo mejor es una sensación mía, pero diría que durante mucho tiempo, el cine español ha adolecido de ambientaciones etéreas, películas en las que no se sabía muy bien donde sucedía la acción, y ese ‘donde’ no importaba demasiado en la trama. La mayoría de películas estaban ambientadas en Madrid, pero ni siquiera se hacía demasiada referencia a ello, ni se usaban sus geografías para generar imágenes potentes. Hay excepciones, y quizá por ello se han convertido en imágenes icónicas de nuestro cine: es el caso del impresionante escena de la Gran Via madrileña vacía en ‘Abre los ojos’ (A. Amenabar, 1998), o incluso de su final en lo alto de la Torre Picasso.

La Gran Vía vacía en 'Abre los ojos'

La Gran Vía vacía en ‘Abre los ojos’

O de ‘El día de la Bestia’ (Alex de la Iglesia, 1995), que hizo más famoso aún el famoso luminoso de ‘Schweppes’ de la Plaza Callao de la capital. O las Torres Kio, o incluso la estatua del ángel caído del parque de El Retiro.

Madrid, escenario de 'El Día de la Bestia'

Madrid, escenario de ‘El Día de la Bestia’

Seguro que aquí podemos citar también a Almodovar. Y aunque no tuvo ni mucho menos tanto éxito, ni contenía imágenes tan icónicas, personalmente guardo un cariñoso recuerdo de una comedia coral, ‘Kilómetro 0’ (Yolanda García Serrano, Juan Luis Iborra, 2000), que hacía de la Puerta del Sol de Madrid, y del verano en la capital, con su calor sofocante, su falta de mar y sus calles semivacías, el principal atractivo de su premisa y su telón de fondo.

Si hablamos de los segundo, de jugar con las idiosincrasias y el carácter singular de los diferentes territorios de nuestra geografía para ambientar nuestros films, tirando de memoria cinematográfica (la mía es muy limitada y por ello mis argumentos totalmente refutables) pienso en un film muy mítico en mi infancia: ‘La estanquera de Vallecas’ (Eloy de la Iglesia, 1987), en la que ya desde su título se informaba de la importancia que el carácter de ese barrio madrileño y sus gentes allá por los 80 tenian en la trama de una película que se podría inscribir dentro del ‘cine quinqui’ más suave. Pero de nuevo hablamos de Madrid, que no en vano es, además de capital política, capital cinematográfica de España.

estanquera_vallecas

No es lo mismo una estanquera de Vallecas que un estanquera en Chamberí.

Ya en los 90, fue Santigo Segura el que vino a sacar de debajo de la alfombra todos nuestros complejos y en usar lo mas cañí y casposo de la identidad española para crear ese esperpento que es ‘Torrente’ (1997). Y el resultado fue un éxito clamoroso. Sin embargo, no generó más tendencia que su propia saga, que a día de hoy se ha ido completamente de madre, a pesar de la calidad del primer film.

Esta vez, sí parecen haberlo entendido, pues Antena 3 se lanzó a producir la serie ‘Allí abajo’, que básicamente era lo mismo pero a la inversa (vasco en Andalucía), y que cosechó buenos índices de audiencia.

‘8 apellidos vascos’ y ‘Allí abajo’: lo mismo pero al revés

Además, cabe destacar que Madrid ya no es el escenario de estas ficciones ‘vasco-andaluzas’, algo que yo enmarcaría en una cierta tendencia relativamente reciente a una especie de “deslocalización de la ambientación” en la ficción española, algo que considero una gran noticia, y que cabe suponer relacionada con la deslocalización de la producción.

Marismas Isla Mínima Alberto Rodríguez

Las marismas del Guadalquivir, protagonistas de ‘La Isla Mínima’

¿Queréis saber más? Hablaré de ello y de otras tendencias en la ficción española en mi próximo post.

2 Comments
  1. Pingback: Geografías fílmicas II: la descentralización del Cine Español

  2. Pingback: Bloggerdeniro.com | ‘Que Dios nos perdone’ (2016): True Detective a la española

Deixa un comentari