‘Mi gran noche’ (2015): revuelto de risas con caspa

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El look hortera, bizarro, pasado de rosca de Mario Casas, con esa melena rubia, marcando musculazos y versionando el ‘Torero’ de Chayanne como si una parodia de José Mota se tratase, se antoja toda una declaración de intenciones: ‘Mi gran noche’ tiene más de estrambote y de exageración disparatada que del humor negro y la mala baba habitual en Alex de la Iglesia.

Si en ‘La chispa de la vida’ (2011) de la Iglesia fijaba su cámara en el circo televisivo, ‘Mi gran noche’ vuelve a satirizar la televisión y la fama, pero esta vez desde el cartón piedra de la grabación de un casposo programa de Nochevieja. El problema es que ‘Mi gran noche’ acaba cayendo en la misma vacuidad que parodia.

Mi gran noche bombero

‘Mi gran noche’ es divertida, al menos para el sentido del humor de un servidor, fan de ese toque del director bilbaíno. Su endiablado e histérico ritmo (quizá demasiado para algunos espectadores) dispara diálogos y gags como una ametralladora, y conserva mucho del ingenio punzante de su creador, siempre hábil retratando las miserias y chascarrillos de esta España nuestra de charanga y pandereta.

raphael mi gran noche

La anunciada presencia de ese genial performer llamado Raphael no defrauda. No es precisamente la primera vez que el de Linares se pone delante de las cámaras, pues protagonizó muchos films allá por los sesenta, en pleno apogeo de su fama. Pero aquí interpreta una acertada caricatura de sí mismo desde su propio nombre, Alphonso: una mezcla de divo endiosado y de maligno Darth Vader (ese tocador en su camerino).

Sin embargo, su supuesto oponente, Adanne (un Mario Casas también autoparódico), a pesar de ser tronchante, es demasiado plano e inepto para sostenerle un duelo, y pronto el film abandona una trama central que prometió y que prometía, para disgregarse en multitud de historias, algunas simpáticas (el gafe de una encantadora Blanca Suárez), otras vodevilescas (las escenas de matrimonio de Hugo Silva y una Carolina Bang que sigue haciendo honor a su explosivo apellido) o directamente esperpénticas, pero sin la esperada mordiente en un ‘De la Iglesia‘.

Areces Ordoñez mi gran noche

A pesar de las risas sin tregua, falta un eje lo suficientemente fuerte que vertebre la historia y sobre el que pivote el disperso interés del espectador. Quizá sobran caras conocidas y faltan historias y personajes de más entidad. El final, entre el slapstick y Benny Hill, confirma ese tono casposillo. Pero no de la caspa autoconsciente de ‘Muertos de risa’, sino de la que segrega el humor blanquito (y no por falta de escatologia) para todos los públicos.

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