‘Elle’ (2016): Vuelve un Paul Verhoeven muy Haneke pero más juguetón

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Prolífico entre finales de los 80 y de los 90 (suyas son las icónicas ‘Robocop’ (1987) , ‘Desafio total (1990) o ‘Instinto básico’ (1992)), el siglo XXI ha si sido menos productivo para Paul Verhoeven, que estrenó su último film en salas hace ya una década. Sin embargo, tal y como demostró con ‘El Libro Negro’ (2006), el viejo maestro holandés sigue en plena forma, igual de juguetón y provocador que siempre.

Pese a que la historia (basada en la novela de Phillipe Djian) podría haberse convertido en un ‘Instinto Básico’ a la francesa, ‘Elle’ está más cerca de ser un estudio de personaje que un thriller erótico. Desde la puesta en escena de ritmo pausado y tonos fríos que acompañan la gelidez emocional del personaje y sus relaciones, hasta la inevitable comparación con ‘La pianista’, Verhoeven parece haberse mirado más en Haneke que en Hollywood. De hecho, no sólo comparten actriz (inmensa Huppert), también unas protagonistas con la misma bipolaridad psicológica: frías y altivas en apariencia, albergan en su interior una sexualidad frustrada y/o enfermiza.

La primera y magistral escena del film condensa tanto el tono del film como la interesante personalidad de su protagonista. Pantalla en negro. Gritos, gruñidos, forcejeo y respiraciones entrecortadas. Ruido de vajilla y cristales rotos. Un gato observa curioso la escena que a nosotros se nos oculta. Silencio. Entonces vemos al asaltante levantarse, recomponerse y marcharse tranquilamente. Michèle, forzada en su casa, permanece tumbada en el suelo de su lujosos chalet, dolorida. Instantes mas tarde se levanta. Lo primero que hace es barrer los cristales y la vajilla, aunque está sangrando por la entrepierna. Mas tarde se da un relajante baño de espuma, con el mismo gesto tranquilo, pensativa.

Michèle Leblanc es una mujer dura como el acero (una constante en el cine de Verhoeven) que comanda con mano de hierro y guante de seda en un mundo de hombres, el de los videojuegos dirigidos al público masculino: violentos y llenos de sangre, con monstruos y amazonas hipersexualizadas. No hay apenas rasgos femeninos en el desconcertante (por subversivo) personaje de Michèle: una llamativa frialdad emocional en circunstancias límite y una carencia total de empatía que sorprenderían al mismísimo Dexter Morgan. Unas necesidades y fetiches sexuales más propios de un hombre, que cada vez le piden más sangre y más sexo en los videojuegos que produce. La explicación: Michèle está curtida en el horror, lo cual explicaría su aséptica reacción y su negativa comportarse como una víctima.

Pero tampoco esperen un rape and revenge ni una deriva hacia la vendetta feminista estilo ‘Enough’ (Michael Apted, 2002). ‘Elle’ subvierte también (o más bien trasciende) esos códigos al atreverse a mezclar en la misma coctelera violaciones, morbo, humor y erotismo. Asoma el recuerdo de ‘Instinto básico’, sí, pero pasado por el filtro europeo: el estudio de la psique de Michèle y el drama de relaciones burguesas, tan caro al cine francés, pesan siempre más que el thriller erótico. Lo negativo es que no todas las subtramas de relación que dibujan a Michèle son tan redondas como fuera deseable (la de su hijo Vincent roza el esperpento) y la trama principal se resiente a veces de ello, sobre todo en un final algo anticlimático para el gusto de este crítico.

Pero qué más da, si el film esta sostenido por (y consignado a) una inconmensurable Isabelle Huppert, que a sus 63 años (con perdón) consigue resultar tan borde y repelente como a veces divertida, tan atractiva como misteriosa… y hasta excitante.

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