‘Un monstruo viene a verme’ (2016): Bayona, sin un buen guión, se pierde en su laberinto del fauno

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Existe cierta tendencia en las últimas décadas a los filmes fantásticos protagonizados por niños. Hay multitud de ejemplos de cintas de suspense, desde ‘El sexto sentido’ (1999) hasta la reciente ‘Babadook’ (2014), donde los pequeños sufren visiones escalofriantes, pero hay otro tipo de films-fantásticos-con-niño donde la mirada infantil es la puerta hacia mundos fantásticos y criaturas, reales o proyectadas, más amables e inofensivas, a pesar de su aspecto. Estas historias transmiten una cierta añoranza de la infancia, más abierta a la fantasía y lo mágico, edad en la que se conservan intacto el don de la imaginación y una mirada limpia, aún no condicionada por las reglas del mundo adulto (de las sociedades occidentales al menos), sus dogmas y su positivismo científico. En realidad, esas criaturas que se aparecen o los visitan, más que amenazas suelen ser mentores en la superación de desafíos vitales como el paso de la infancia al mundo adulto, cual Alicia en el País de las Maravillas, o como vía de escape de un mundo cruel, como sucedía en ‘El laberinto del Fauno’ (2006).
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Pues bien, el nuevo film de J.A. Bayona, podría situarse en esta última tendencia, y de hecho parece mirarse en el film de Guillermo del Toro. Sin embargo, a ‘Un monstruo…’ le falta lo algo esencial que sí tenía aquél: un buen guión. Patrick Ness adapta su propia novela, pero cine y literatura son dos lenguajes diferentes, y en formato de guión la cosa nunca llega a funcionar. El primer film de Bayona sin guión de Sergio Sánchez adolece de un desarrollo plano y repetitivo, carente de giros interesantes. Las apariciones del monstruo (criatura más bien, un monstruo es otra cosa) nunca sorprenden, pues son anticipadas desde el principio (“Vendré cada noche…”) y suceden siempre a la misma hora. No os descubro gran cosa: el guión que se hace spoiler a sí mismo.
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Además, nunca hay rastro de misterio, pues ese árbol gigante y de aspecto agresivo declara sin embargo desde el principio sus inocuas intenciones: explicarle a Conor unas historias que, aunque de una bella imaginería visual, rompen el ritmo del relato general. Además, no tienen una clara incidencia sobre éste más allá de las moralejas subrayadas mediante diálogo por la criatura. “No soy un niño de cinco años” le dice Conor a su abuela. Lamentablemente, Bayona nos trata como si nosotros sí lo fuéramos.
Más allá de las apariciones del “monstruo”, cuyo diseño es de gran virtuosismo visual y tecnológico, del lado “real” del relato lo que queda es una trama prácticamente inexistente, sin apenas empuje dramático (dramático de dramaturgia, no de lagrimón, que de eso sí hay), pues la historia apenas avanza (¿tiene Cónor alguna posibilidad de conseguir su objetivo aparente?) más allá de una premisa que es toda una bomba de gases lacrimógenos: mamá se está muriendo de cáncer y en el colegio me hacen bullying por que soy raro. Todo ello filmado en tonos fríos, como es menester. Lo dicho: la sutileza tampoco es una de las virtudes del film.
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Ambos mundos (el fantástico y el real) prácticamente sólo confluyen en el momento climático, y para colmo, el único elemento oculto del relato (¿qué esconde Conor?) resulta en una revelación totalmente insulsa e insatisfactoria disfrazada de gran enseñanza vital.
Es tan necesario remarcar los méritos de Bayona como no aplaudirselo todo de forma acrítica, como parecen hacer algunos. En mi opinión, el director catalán debería haber escogido un mejor guión (o un mejor guionista para adaptar la novela, y no un primerizo). Bayona lo fía todo al apartado visual y a un sentimentalismo empalagoso y de manual que sólo satisfará a los espectadores que lloraron con ‘El niño del pijama de rayas’, que no son pocos. Pero si buscáis una historia seria que entienda el drama no sólo como aquello que conmueve sino como aquello que interesa, no vaya a ver a este monstruo que viene a verle.

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