‘Los del túnel’ (2017): reírse (y mucho) por no llorar

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Escribo de memoria. En una escena de Austin Powers, después de matar su protagonista a un esbirro del Doctor Maligno, seguía una secuencia en la que veíamos cómo todos los familiares y amigos recibían apenados la noticia de la muerte del sujeto en cuestión. Este genial gag venía a decirnos que, a pesar de aparecer como seres anónimos, los esbirros también eran personas importantes para los suyos, cuestionando así el punto de vista habitual centrado en el protagonista.

Los del tunel

Pues bien, el film de Pepón Montero parece tener las mismas intenciones cómicamente subversivas frente a los códigos y tópicos del film de catástrofes o del drama. No por casualidad, ‘Los del túnel’ empieza donde acaban la mayoría de survivals: supervivientes siendo rescatados y arropados, beso entre los dos protagonistas a los que la tragedia ha unido y la cámara se aleja mientras sube la música. A partir de este arranque en tono paródico, el film se dedica a desbaratar toda la épica de las películas de catástrofes y heroicidades, siguiendo a sus protagonistas que, de vuelta a sus insulsas vidas, intentan darle un sentido a lo que les ha sucedido, como si la tragedia hubiese de ser una señal que les empujase a dar un giro radical a sus vidas.

El film de Montero no sólo subvierte los códigos épicos del heroísmo, sino que se ríe de la espiritualidad que sigue a la experiencia de muerte, y de paso de nuestras aspiraciones de transformación, de nuestros propósitos de enmienda (los que nos hacemos al  “volver a nacer”, o simplemente los de Año Nuevo) y de la capacidad humana de cambiar, sobre los cual se sustentan mayoría de films. De hecho, se salta con enorme acierto la regla básica del cine mainstream: la (¿necesaria?) transformación del protagonista. Los del túnel es un desternillante y extraño canto al inmovilismo como forma de vida.

Los del túnel

Lejos de intentar emular el modelo americano de otros films (‘Spanish Movie’, ‘Fuga de Cerebros’, ‘3 bodas de más’)  y/o de reproducir el modelo de sainete amable con diálogos del peor nivel televisivo (‘Perdiendo el Norte’), ‘Los del túnel’ luce diferente, original y desconcertante. Particularmente, no encontraba semejante mezcla de lucidez cómica y dramática desde ‘Días de Futbol’ (D. Serrano, 2003)

Entre la caspa más cañí y ese misticismo new age tan postmoderno y tan de moda en las redes sociales; entre el humor negro y el surrealismo; entre el costumbrismo y una opresiva miseria emocional, el film de Pepón Montero encuentra su tono extraño, lúcido, más agrio que dulce. Apenas guarda la habitual distancia cómica (el tiempo transcurrido desde la desgracia, la exageración de las personalidades, la mirada “desde arriba” a los personajes), sino que se siente real, cercana, seria y dolorosa. Y sin embargo, es imposible no reírse con su forma de desmontar la épica, con su existencialismo de chándal, y sobre todo, con su certero retrato de lo cutres que somos y lo perdidos que estamos.

Los del túnel

El reparto está genial, con mención especial para un Arturo Valls (con quien tuve la suerte de coincidir en ‘Ahora Caigo’) que se mueve en un registro difícil y demuestra su vis dramática, y sobre todo para Nuria Mencía (su sufrida e ingenua esposa en la ficción), que se merienda cada escena que tiene. Lástima que al film le falte una puesta en escena más decidida y potente, más cinematográfica y menos televisiva.

Que no os engañe el (engañoso) póster: ‘Los del túnel’ ofrece risas y muchos momentos desternillantes, pero no es el tipo de comedia que uno va a ver para “olvidarse de todo” durante una hora y media. Se trata más bien de reírse por no llorar.

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