‘La autopsia de Jane Doe’ (2016): el cadáver de lo que pudo ser y no fue

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Las morgues, esos espacios entre lo clínico y lo macabro, tienen por definición un gran potencial para el cine de terror y suspense, aunque sus siniestras cualidades no siempre han sido explotadas a fondo (recuerdo, por ejemplo, la interesante “La sombra de la noche”, del también nórdico Ole Bornedal).

Así, a botepronto, podría parecer una sobredosis, pero no.

‘La autopsia de Jane Doe’ tiene por único escenario único la casa –  morgue – crematorio de Tommy Tilden (el veterano Brian Cox) y su hijo (Emile Hirsch), adonde llega el misterioso cadáver de una joven proveniente de la escena de un brutal crimen múltiple, aunque sin ninguna relación aparente con las víctimas. No en vano, “Jane Doe” es una expresión anglosajona que significa algo así como “doña nadie” o completa desconocida (no hubiera estado de más que este detalle se hubiese modificado en el título español para hacerlo más comprensible). Imposible no pensar en el John Doe de ‘Seven’, pero centrémonos…

El caso es que a los Tilden el sheriff les cuelga el muerto (nunca mejor dicho) de averiguar durante esa noche la causa de la muerte de la joven. Con esas bazas, y con el premio especial del Jurado de Sitges 2016, se me presentaba el film de André Øvredal. La premisa y el escenario prometían un buen film de terror atmosférico. Sin embargo, pronto llega a este crítico la sospecha de iba errado. El director noruego acomete la tarea con la misma frialdad que los forenses protagonistas desguazan el cuerpo de la joven (“son sólo cadáveres”, remarca el padre), y la atmósfera posible brilla por su ausencia.

El caso es que esta tía me quiere sonar…

Al menos, en la primera parte del film hay intriga, debido a una variación del clásico misterio whodunit (“quién lo hizo”) a lo que podríamos llamar howdunit (¿cómo lo hizo?), ya que el cuerpo de la chica no presenta rasgo alguno de violencia. La causa y forma de la misteriosa e inexplicable muerte centran la trama, que se va desarrollando casi como un capítulo de CSI, donde casi toda la información se da por diálogo, con la diferencia de que esto no es televisión, y que en lugar de la pornografía tecnológica de la serie de la CBS, lo que aquí se ofrece es una explícita clase de anatomía no apta para estómagos delicados, que acaba recordando al mítico programa del Doctor Beltrán. Si bien en una escena inicial con la novia de Austin sí se juega la baza del conflicto entre lo que se desea ver y lo que se es capaz de soportar, pronto ese elemento morboso se deja de lado.

No pongas esa cara de muerta, que te autopsio…

Aquí radica, en mi opinión, uno de los principales problemas del film: la falta de sutileza despoja a la autopsia de todo morbo macabro, de todo poder sugestivo y lo acerca a un torture porn sin violencia. El frío exhibicionismo de tejidos y vísceras nos acaba inmunizando por completo.

El cuerpo de la chica, desguazado sin pudor ante nuestros ojos, va aportando detalles cada vez más extraños e incongruentes, potenciando al menos el misterio. Pero entonces el film se parte por la mitad. Ese apagón que se produce en la morgue parece una metáfora involuntaria del giro de la historia. Del thriller de procedimiento y el misterio a lo Agatha Christie pasamos a un mediocre film (otro mas) de terror “impresionista”: sustos previsibles (los pies por la rendija de la puerta), abuso de los golpes de sonido, escenas poco originales (los golpes al otro lado de la habitación), montaje rápido, espacialidad confusa.

¡Niño, deja el futbol y estate a lo que estás!

La oscuridad reinante no sólo devora las ideas, también la información necesaria para saber qué está sucediendo, dónde estamos, por qué no funciona el ascensor. Además, la amenaza es tan difusa como poco consistente, sus métodos algo incoherentes y rayando el absurdo (¿acaso pretende matarlos de un susto?). Mención aparte merece (SPOILER) la reaparición de la novia de Austin, estando padre e hijo encerrados en la casa.

Te dije que la quemaras … ¡en el incinerador!

Al final, el misterio se resuelve con el recurso a un conocido episodio del folklore norteamericano, que si bien tiene su “punto, resulta desaprovechado. Por no mencionar un inconsistente cambio de actitud del padre en cuanto al (escuálido) sustrato temático del film, la lucha entre lo posible y lo paranormal, pues éste pasa de descreído a creyente: de un terco positivismo científico a explicarnos (de nuevo, con abuso del diálogo), las esotéricas claves del misterio.

Hecha la autopsia del film, podemos apuntar las claves de su muerte: un guión con potencial pero inconsistente, una falta total de atmósfera y un abuso de recursos fáciles. Para este crítico, el auténtico misterio es el aluvión de críticas positivas que ha recibido este cadáver.

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