La guerra según Nolan

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Puede que no sea casual que, siendo británico en esencia y por tanto europeo (Brexit aparte) el último film de Christopher Nolan haya escogido justamente, para hablar de la Segunda Guerra Mundial, un episodio nada triunfal. Un episodio, se diría, que incómodo para la memoria histórica británica, que no ha sabido muy bien si clasificarlo como heroico o humillante: la dramática y milagrosa evacuación de las tropas británicas en la playa francesa de Dunkerque ante el avance implacable de los nazis.

Dunkerque-Nolan-playaEn ‘Dunkerque’ el realizador inglés ensaya algo diferente a lo que nos tiene acostumbrados pero a la vez distinto a lo habitual en la mayoría de cine bélico. Nolan pisa un terreno por él inexplorado pero vuelve a dejar su sello jugando de nuevo con las estructuras narrativas y temporales. El film retrata los hechos desde tres puntos de vista diferentes (tierra, mar y aire) y tres temporalidades diferentes (una semana, un día y una hora). El montaje salta de un punto de vista a otro con los inevitables saltos temporales atrás y adelante que acaban generando confusión espaciotemporal y que no sé sabe muy bien qué aportan temáticamente, salvo el golpe de efecto (efectista) que se produce cuando todas las líneas narrativas convergen en el mismo instante.

A pesar de estos jueguecitos tan nolanianos, resulta paradójico que el realizador parezca desaparecer tras un continuum de acción magistralmente filmada que arranca en la primera escena, con escasos diálogos (ni siquiera para contextualizar los hechos históricos en que se basa), sin un protagonista claro (sorprenden, por distintos motivos, los roles de actores británicos tan cotizados como Kenneth Branagh Tom Hardy, Cillian Murphy y el recientemente escarizado Mark Rylance), y con un enemigo completamente invisible (no aparece ni un solo soldado alemán en todo el metraje). Todo ello aparece reforzado por la omnipresente, inquietante y nada épica partitura de Hans Zimmer.

‘Dunkerque’ transpira, por todo ello (repito, paradójicamente), una extraña sensación de transparencia, de ausencia de un narrador, esa entidad enunciadora que ordena el relato. Para lo bueno (su gran realismo) y para lo malo (su impersonalidad), el film carece de los asideros emocionales y narrativos a los que el espectador medio está habituado. En este apartado, ‘Dunkerque’ me recuerda a la aspereza narrativa de ‘El Renacido’ (Alejandro G. Inarritu, 2105).

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Al igual que hiciera Spielberg hace casi 20 años con la famosa escena del desembarco de Normandía en ‘Salvar al soldado Ryan’ (1998), ‘Dunkerque’ es una experiencia sensorial, sucia, confusa, atronadora, con color de barro y cielo plomizo del que llueven proyectiles, como debe ser la guerra desde dentro. Sin embargo, donde en ‘Salvar …’ había carisma, heroísmo y peroratas patrióticas, aquí hay no hay tiempo para detenerse en una épica prácticamente inexistente: hay miedo, incluso cobardía, comportamientos miserables aunque comprensibles, agonía y un único objetivo: la supervivencia. Hay también un pesimismo que sobrevuela toda la película. Y sí, hay patriotismo, pero algo tibio y desengañado, como corresponde a una visión europea, que vivió mucho más de cerca el terror nazi, una visión más descreída y menos dada a convertir sus derrotas en blockbusters veraniegos al estilo ‘Pearl Harbor’ (Michael Bay, 2001).

Dunkerque-Nolan-supervivencia

Todo ello no hace sino incrementar la veracidad y la inmediatez de un film que retrata con gran fidelidad, pero con cierta distancia emocional, quasidocumental, el infierno de la guerra.

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