‘Que Dios nos perdone’ (2016): True Detective a la española

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Ya hablaba de esta tendencia en este post: hace ya tiempo que el thriller policiaco y/o de acción español vive un agradable momento álgido. ‘Celda 211’, ‘No habra paz para los malvados’, ‘Grupo 7’, ‘La Isla mínima’, ‘El Niño’, ‘El desconocido’ o ‘100 años de perdón’ son ejemplos claros de un género que hasta pocos años parecía vetado (o al menos poco y mal transitado) por nuestra cinematografía, tan centrada siempre en el drama, la comedia, y el cine de autor y/o de raigambre social. De forma similar a como ha sucedido con el cine de terror, y de la mano de directores como Enrique Urbizu, Alberto Rodríguez o Daniel Monzón, el cine patrio parece haberse sacudido para siempre sus complejos. Así, el policiaco español contemporaneo es un género que cada día va encontrando más su espacio, su tono, e incluso me atrevería a decir que sus convenciones, entre la estilización y lo cañí.

‘Que Dios nos perdone’ trae a suelo español otra variante criminal muy hollywoodiense: la buddy movie policial con serial killer. Y lo hace con claras influencias (más o menos conscientes, pero que afloran en la mente del espectador medianamente cinéfilo) de obras como ‘Seven’ o la primera temporada de ‘True Detective’. Como ya hiciera ‘Grupo 7’, el film de Sorogoyen se enmarca durante un evento histórico real de gran trascendencia. Si allí era el “lavado de cara” de Sevilla con vistas a la Expo del 92, aqui la acción ocurre durante el verano madrileño de 2011, que vio coincidir el auge del movimiento 15M con la llegada del Papa Benedicto XVI en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). En este escenario, los agentes de homicidios Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo) deberán atrapar a un violador y asesino de ancianas.

Uno de los grandes aciertos del film de Rodrigo Sorogoyen es su atmósfera sofocante. En la linea de ese “nuevo policiaco nacional”, ‘Que Dios nos perdone’ contribuye a la creación de lo que llamo una geografía fílmica policiaca española, aprovechando la localización, en este caso Madrid, su geografía y su clima para potenciar la ambientación (esos planos aéreos, p.e. de La Puerta del Sol, la omnipresencia del calor veraniego), albergar las escenas de acción más importantes (la persecución por el centro hasta el metro), sin olvidar dar cabida a un cierto discurso social (la contraposición entre la opulencia católica de las clases acomodadas y la miseria de las clases obreras y la immigración, confrontada en la ocupación, etc.). Así, el escenario deviene otro personaje, tan importante como los protagonistas.

El guión funciona (casi) a la perfección: la investigación se mueve entre el sopor rutinario, la desmitificación realista del trabajo policial, y la necesaria aportación de giros en la trama, de modo que el conjunto resulta tan plausible como entretenido. Por otro lado, el film está sembrado de detalles que enriquecen el conjunto (la mancha de gazpacho en la alfombra de Velarde, el perro de Alfaro).

El apartado actoral resulta más que solvente con actores como De la Torre y Álamo, pero también secundarios como Luis Zahera o José Luis García Pérez, que dotan al film de su carácter embrutecido, áspero y bronco (algunos han llegado a hablar, no sin cierta razón, de “falocentrismo”), y la construcción de personajes merece un apartado propio: Alfaro es un tipo para el recuerdo.

Por otro lado, la puesta en escena de Rodrigo Sorogoyen, con su tendencia al ángulo abierto y al plano sostenido frente al corte, es más que notable, y consigue acompañar y potenciar la tensión. Incluso hay momentos de virtuosismo técnico con textura realista que recuerdan (también narrativamente) a ‘El secreto de sus ojos’ (Juan José Campanella, 2009), como cuando (SPOILER) el asesino salta por el balcón en su huida del piso tras golpear a Alfaro. Además, hay ideas visuales que funcionan a la perfeccion para, por ejemplo, describir las relaciones entre personajes.

Sin embargo, también hay algunos problemas. Pese al interesantísimo telón de fondo del JMJ, éste nunca acaba de cuajar del todo la trama del asesino de ancianas, puesto que trama criminal y trasfondo real discurren por caminos cercanos (la presencia de la religión) pero curiosamente paralelos. En general, la cuestión religiosa nunca acaba de exprimir todo su potencial sobrenatural o temático, y habrá quien eche de menos una figura asesina con unos motivos más potentes, así como un desenlace acorde a la tensión suscitada.

De hecho, el último acto es una constatación de que para Sorogoyen, y al igual que sucede en, por ejemplo, ‘True Detective’ o ‘La Isla Mínima’, los personajes y sus dinámicas son más importantes que el misterio, desvelado al espectador de forma precoz. Y es aquí, más allá de en la interesante investiación policial, donde reside la auténtica fuerza de ‘Que Dios nos Perdone’: se trata (disculpen lo tópico de la afirmación) de una película de personajes.

Como dicta el manual de las buddy movies, Velarde y Alfaro son dos personajes extremados, y en extremos opuestos: la incapacidad de comunicarse ejemplificada en la tartamudez de Velarde, y la torpeza para gestionar las propias emociones patente en los problemas de gestión de la ira de Alfaro. Pero no están tan lejos: ambos son dos especímenes ibéricos sin recursos emocionales, carne de diván, unidos en la búsqueda del asesino de ancianas no por ingenuas convicciones sobre el bien, la justicia y el deber, sino por su completa incapacidad para hacer otra cosa con su vida (¿alguien se acuerda de McNulty, o incluso más acá, de Santos Trinidad?). En un significativo momento del film (SPOILER), su superior Sancho (José Luis García Pérez se merece ya un buen protagonista), después de cesar del cuerpo a Alfaro tras su enésimo arranque de ira, le espeta a Velarde: “a tí también me gustaría mandarte a tu casa, pero creo que te suicidarías, y no estoy dispuesto a cargar con eso”.

Ahí radica, a mi parecer, el atormentado espítitu de este interesantísimo film: en su desengañada y nada maniquea visión de la aplicación de la ley y la justicia, en fin, del bien y el mal.

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