Moonlight (2017): delicada por fuera, vulgar por dentro

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Hay una cosa peor que hacer un film lleno de tópicos: hacer uno para romperlos, y acabar cayendo en otros peores. ‘Moonlight’ es la historia, rodada con una bella estética y un inmaculado tacto hacia la cuestión, de un chico de color que desde pequeño siente la pulsión homosexual y no se atreve a expresarla por temor a su difícil entorno. Pero también es el dramón de un niño negro y “marica” criado en un barrio difícil con una madre drogadicta que nunca le dio el cariño que (pobre) necesitaba. ¿Alguien da más? Marginalidad, color, homosexualidad, bullying, ausencia paterna, drogadicción y malos tratos maternos. Todo en la misma coctelera para hacer un cóctel ganador. La pulcritud de sus formas no oculta el tremendismo de su fondo.

‘Moonlight’ da toda la sensación de estar hecha para tocar cada tecla sensible. Su santurronería vestida de arty no intenta tanto escandalizar al votante (real o potencial) de Trump como sobrecoger al espectador tolerante que votó (o votaría) a Obama. Sí, el estilo, la puesta en escena de Barry Jenkins es elegante y delicada, pero ello no esconde que el guión está dominado por los clichés, sea para cumplirlos (la ecuación pobreza – drogadicción – maltrato) o para vanagloriarse de romperlos (el traficante bonachón, el negro malote pero gay y sensible).

Y claro, cuando se filma de cara a la galería festivalera, se corre el riesgo de poner en peligro la credibilidad. Sucede con la personalidad (excesivamente) encantadora de Juan, el traficante (inversemblantemente cubano) que se erige en mentor del pequeño Chiron durante el primer tercio del film. ¿Cómo puede ser el capo de la droga del barrio un tipo con tantos y tan buenos valores? Juan resulta excesivamente inmaculado, y por tanto, plano e inconsistente.

Otro tanto se puede decir del Chiron adulto: no es sólo su imposible transformación en narco, que su infancia y adolescencia no hacían presagiar, sino que (y al igual que sucede con su mentor, como si se cerrase el círculo de la inconsistencia) su personalidad, su timidez crónica y su pertinaz cerrazón emocional, no casan con la de un traficante de su status y ese rollo a lo 50 Cent.

Otro de los problemas del film es precisamente esa cerrazón de su protagonista durante los tres estadios del relato. Chiron no es alguien que hace cosas, sino alguien a quien le suceden. De nuevo, no es que un protagonista deba ser siempre un hacedor, audaz e hiperactivo, pero resulta difícil conectar con este protagonista tan obstinadamente pasivo.


Otra cuestión en el alero es qué sucede con el paso de los años en el universo inmutable de ‘Moonlight’. Si no se quería incorporar el discurso estético y social de las diferentes épocas, ¿por qué complicar la cosa haciendo un film ambientado en tres temporalidades distintas? Y si se querían retratar las tres edades de Chiron, ¿por qué no trabajar más ese aspecto?

Con todo, los momentos que mejor funcionan, aquellos que destilan más verdad, son los dos encuentros gays, el primero sexual y el segundo sentimental, entre Chiron y Kevin. La tensión del cortejo, el lento acercamiento lleno de miedo hacia la reacción del otro, la exploración, la manera delicada de decir las cosas sin decirlas, etc. Es entonces cuando uno se pregunta por qué el relato no se concentra en esa relación, y se empeña en explicar demasiadas cosas o en poner esa misma relación en un contexto que nunca llega a funcionar.

Por parecerme desatinado, incluso me lo parece el Oscar a Mahershala Alí. No es que su trabajo no sea bueno, sino que a su (breve) personaje le falta complejidad. Puestos a premiar al muy competente reparto del film, me parece más completo el trabajo de Trevante Rhodes (el Chiron adulto) que logra transmitir la confusión y el rubor de un tipo duro en pleno desarme emocional. Lastima que no me acabe de creer su biografía, esto es, todo el resto del film.

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