Me la han vuelto a colar: porqué Hereditary es uno de las mayores blufs desde ‘Déjame salir’.

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En narratología, el estudio de la narraciones, existe la diferencia, capital a la hora de enfrentarse a cualquier relato (sea literario, seriado, fílmico, etc.) entre historia y trama, o en terminología de los formalistas rusos, entre fabula y syuzhet. La historia o fabula corresponderían a los acontecimientos en su forma original, tal como sucedieron, en orden cronológico y desde un punto de vista externo, omnisciente. Es decir, a la realidad antes de pasar por el cedazo de la narración. Por su parte, la trama o el syuzhet se refieren a la forma en que esos acontecimientos son explicados por el narrador en orden a generar mayor interés hacia el relato: mediante un punto de vista particular (un narrador externo, un personaje involucrado en la historia, generalmente el protagonista, etc.) que puede ocultar información a los espectadores y/o a los personajes para crear más tensión, mediante la alteración del orden cronológico por medio de flashbacks y otros recursos temporales, etc. En resumen, y parafraseando al infausto Ernesto Sáenz de Buruaga: así son las cosas (la historia) y (o) así se las hemos contado (la trama).

En esta familia, hay algo que no acaba de funcionar.

Toda esta introducción algo academicista y rayana en lo pedante, resulta sin embargo de tremenda importancia para referirnos ya no sólo al propio film, sino al fenómeno de crítica suscitado por ‘Hereditary’. Puesto que historia y trama son elementos capitales en cómo se desarrolla el film de Ari Aster y en su mayoritario éxito de público y crítica. Resumiendo, puede que a muchos espectadores la historia detrás del film les deje fascinados y con escalofríos, pero está contada por medio de una trama deficiente. Por eso la mayoría de gente sale sin entender la mitad de lo que ha visto. Esto, lejos de ser bueno, revela muchas carencias narrativas, y sin embargo parece fascinar a muchos. Volveremos a ello al final.

Pero empecemos concediendo al César lo que es del César. En su primera mitad, aproximadamente, ‘Hereditary’ sorprende al “buscador de sustos” con un drama familiar bastante crudo donde, por ejemplo, las madres no son precisamente esas instituciones familiares tiernas, cariñosas y protectoras a que estamos acostumbrados en el relato fílmico tradicional. Las pérdidas familiares se suceden (unas más terribes que otras) y el film se centra en el difícil y distinto modo de lidiar con ello de la madre, el padre y el atribulado hermano adolescente. Como devastador drama familiar funciona bastante bien, aunque uno debe echarle paciencia si espera encontrar en tiempo prudencial el terror prometido. Aquí resalta, como en el resto del metraje, el impresionante tour de force de Toni Collette. Frente a ella la falta total de entidad del personaje de su marido, un desaprovechado Gabriel Byrne. Sin embargo, el recital de rostros desencajados de Collette, ora asustada ora desquiciada, no alcanza para salvar el film.

La trama empieza a chirriar con (¡ATENCIÓN, SPOILERS!) la rocambolesca secuencia de la muerte de la pequeña Charlie, que pese a su buscada truculencia e innegable impacto, no logra tapar algunos agujeros flagrantes: si la niña tiene una alergia a los frutos secos, bien remarcada por los padres al principio, ¿cómo es posible que la obliguen a ir a una fiesta de adolescentes con su hermano, y sin ni siquiera recordarle al chico que esté muy atento a lo que come la niña? Si la pequeña tiene el particular aspecto físico que tiene, no se trata de esconderla, ¿pero exponerla gratuítamente a ella y a su hermano a posibles burlas en una fiesta llena de adolescentes? Todo ello deja una sensación de que las cosas suceden así por que así lo quiso el guionista. De ahí a los robots argumentales, personajes que se comportan como mejor conviene a la narración, hay medio paso.

Tras la muerte de Charlie, durante toda la parte central, el ritmo de ‘Hereditary’ baja ostensiblemente hasta casi el bostezo. Quizá hay demasiado drama, demasiada búsqueda de atmósfera y poca “chicha”. Y no hablamos del ritmo visual, de duración de los planos, sino del ritmo del guión, del de los acontecimientos. Tampoco estamos abogando por la retahíla de sustos o escenas terroríficas para mantener la tensión, sino por el ritmo interno de la narración, por una dirección del relato, por saber hacia dónde va la trama, qué nos quieren explicar, más allá del cosquilleo en las tripas que puede provocar su cierta atmósfera. En cambio, nos encontramos una sucesión de acontecimientos como mucho inquietantes, que sin embargo resultan débilmente conectados entre sí (sin una secuencia causa-efecto fuerte y significativa), confusos, heterogéneos, piezas de un relato que nunca acaba de cuajar, que no genera sentido.

Pero lo peor viene sin duda cuando ‘Hereditary’ se adentra, en el previsible y manido universo paranormal de las médiums y las ouijas. Aquí es donde queda herido de muerte un film que pretende ser (o al menos así nos lo han vendido) un “game-changer”, esto es, que viene a cambiar las reglas del juego del terror. Esto ya lo habíamos visto recientemente, por ejemplo, en ‘Poltergeist‘, ‘El Orfanato’ o ‘Insidious‘, por citar sólo unos pocos de ejemplos de todo un subgénero. Y personalmente, ese subgénero siempre me ha parecido la forma más aburrida de constreñir el ya de por si manido universo de los espíritus (buenos, atormentados y/o malignos) a unas estrictas reglas del tipo “si haces esto pasará indefectiblemente aquello”. Esa manera  de domesticar los fenómenos paranormales, además de ser digna de la peor superchería, es como querer ponerle puertas lógicas a un campo que debería ser el reino de lo ilógico y lo etéreo.

Toni-Collette-Ann-Dowd-Hereditary-seance-ouija

“No, lo de las manos así es para rezar, querida. Esto es otra cosa.”

Así pues, de las apariciones de la difunta abuela ante la niña, pasamos a la inesperada (y ya hemos dicho, algo gratuita) muerte de ésta, al drama de luto familiar después, que luego deriva en (otra) trama de espiritismo y ouijas. Todo este batiburrillo argumental impide al espectador generar unas mínimas expectativas sobre los próximos acontecimientos, con la consiguiente falta de impulso dramático, y sólo permite conectar con el film y el suspense por la sobada vía del espiritismo de manual. Todo ello superoriginal.

Si hasta entonces, y aún pese a lo antedicho, el film había mantenido un perfil bajo, una cierta contención en lo referente al terror puro y duro, ya en el último acto, Ari Aster se olvida de la coherencia de tono, quita el freno de mano, abre de par en par las puertas del infierno y saca toda la artillería de pesada de fenómenos, sustos y terror. Sin embargo, ya es tarde y todo llega demasiado de golpe. Tampoco en su forma de asustarnos, de filmar el suspense y el terror, salvo algún plano realmente inquietante, hace Hereditary gala de una gran originalidad en la puesta en escena. Las miniaturas que crea Annie, por ejemplo, podrían haber dado un gran y escalofriante juego visual. Incluso el aspecto de Milly Shapiro (Charlie) es material de terror de primera clase (hasta en eso nos descoloca Hereditary: ¿porqué estos elementos si no se les saca más punta?).

“Pasé el casting por esta cara y van y me matan a la media hora…”

Pero Aster se decanta por recursos tan gastados como la omnipresencia de la música en inquietante in crescendo, la consabida y exasperante repetición de golpes de sonidos para puntear los sustos, o las constantes miradas aterrorizadas fuera de cuadro para dilatar la tensión sobre lo que los personajes están viendo. Y el mencionado recital de caras de la Collette.

En pleno festival del horror, tan desatado como descolocado está el espectador a estas alturas, también se desata Annie que nos recuerda a madres de miedo como la Samantha Eggar de ‘Cromosoma 3’ (‘The Brood’, David Chronenberg, 1979).  Y así llegamos un final que remite en cierto modo a ‘La Bruja’ (The Witch, 2015), aunque el film de Robert Eggers está a años luz como ejemplo de terror psicológico, de atmósfera malsana, que no necesita recurrir a sustos de tercera, ni fascinarnos con la historia detrás de la trama.

A propósito ¿recuerdan que hablábamos de la diferencia entre fabula y syuzhet, historia y trama? Acabado el film, prácticamente la totalidad de los espectadores no ha entendido nada. La tentación de acudir a Internet es tan grande como el volumen de artículos que nos explican what the hell acabamos de ver, la historia, la fabula detrás de ese cóctel sin sentido que es la trama, el syuzhet, de ‘Hereditary’.

“¿Pero qué mierda acabo de ver?”

Una vez leídos y desvelado el gran misterio, dos pensamientos nos asaltan: en primer lugar, que la historia de fondo, la realidad tras el relato, esa historia de cultos psuedosatánicos familiares y confabulaciones hereditarias resulta tan disparatada y rocambolesca como ingenuamente pretenciosa en sus ansias de aterrorizar y fascinarnos. Y en segundo lugar, quizá lo más importante: cuando una película necesita ser explicada tras su visionado, lejos de resultar fascinante, algo no funciona correctamente en su mecanismo narrativo, puesto que el film debe contener y ofrecer en su interior las herramientas para que podamos entender lo que está sucediendo, lo que ha sucedido. En otras palabras, me importa bastante poco saber porqué la madre se comporta de ese extraño e incongruente modo, o porqué aquel objeto aparece de forma aparentemente inexplicable en aquel sitio si no me lo explica el propio film. No me sirve que me den a posteriori la clave para aquella incoherencia del guión. La historia debe cobrar sentido en las imágenes de la pantalla mediante la trama, el syuzhet, no en jugosos artículos que nos explican las intenciones del film como quien desvela los secretos del rodaje.

El problema, y de ahí seguramente su tremendo hype, es que ese tramposo juego fascinará a no pocos. Pero por lo que a un servidor respecta, denme más trama y menos historia. Y mejor.

Blogger de Niro

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