‘El reino’ (2018): intenso, oportuno y ‘ligero’ thriller sobre la corrupción política patria

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Estamos demasiado acostumbrados a escuchar casos y más casos de corrupción política. Y claro, lo último que piensa uno es en compadecerse o ponerse empático con el/la diputado/a, alcalde/sa o concejal/a imputado/a de turno. Pero no deja de ser interesante el ejercicio que propone ‘El reino’: ¿cómo afecta el descubrimiento del caso al susodicho o susodicha, a su reputación, a su relación con su partido (tanto o más corrompido que él / ella), a su familia, y a su modo de vida, construido a base de mordidas y pelotazos? Como en muchos otros temas, no deja de ser interesante (casi necesaria) una visión desde dentro, no tanto para disculpar como para comprender. ‘El reino’ acierta en lo primero, y no tanto en lo segundo.

¿Qué hay de lo mío?

Manuel López Vidal es un vicesecretario autonómico bien conectado, con futuro en la política de Madrid. También anda metido junto con otros compañeros de partido en una turbia trama de enriquecimiento ilícito: es una pieza más de lo que él mismo define (con una lucidez algo chirriante y tardía) como un sistema “muy bien engrasado”. Hasta que unas filtraciones hacen que todo empiece a desmoronarse, y comienza a sentirse abandonado y hasta repudiado por su partido. Manuel López Vidal (un nombre tan común como intencionado) es un tipo tan identificable como difícil podría resultar identificarse con él, porque en el fondo es despreciable. Su objetivo no es heroico, sólo es el intento de salvar su culo siguiendo el viejo proverbio del corrupto: “si caigo yo, caemos todos”. Pero la necesidad le empuja a una misión que tiene algo de quijotesco: una cruzada egoísta contra la corrupción sistémica de su partido. “No es por orgullo, es por justicia”, le espeta, desesperado, a su mujer, cuando ella le insta a abandonar su empecinamiento. Esa “justicia” es la otra cara, más humana y emocional del cínico “si caigo yo, caemos todos”. Por que el sistema no es sólo corrupto, además es desleal, traidor y miserable cuando vienen mal dadas. Quizá desde ese punto podemos identificarnos con Manuel y desearle éxito en su utópico objetivo de acabar con algo que le supera.

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Más que una mirada, un vistazo

El acercamiento al tema de Rodrigo Sorogoyen consiste en adoptar el punto de vista de Manuel, ofrecer una visión subjetiva de la corrupción política. Con la cámara casi siempre cerca del protagonista, en continuo movimiento, abundan los planos sobre el hombro de Manuel, siguiendo su frenética andadura por salvarse. Otra elección llamativa es la casi omnipresente música electrónica, que aunque en primera instancia podría chocar con la temática del film, resulta una elección interesante para subrayar, en los primeros minutos, el desfase avaricioso de los corruptos, y luego, el trepidante ritmo del film.

Este enfoque desde dentro, tan frenético, tiene su contrapartida. Estamos tan cerca que los árboles nos tapan el bosque. Sorogoyen descarta el punto de vista más amplio, multidimensional, coral, analítico en fin, de las causas, consecuencias y circunstancias del problema. En otras palabras, ‘El reino’ defraudará a los que esperen un ‘The Wire’ o un ‘Traffic’ sobre la corrupción política española. En eso era mucho mejor esa magnífica serie que es ‘Crematorio’.

Como mi hermano me apunta, la imagen de las cloacas políticas y fiscales que dibuja Sorogoyen “es de 1º de corrupción”, como de trazo grueso. Aunque por timing resulta imposible, flota la sensación de que el film hubiera sido concebido, o al menos estrenado, de forma apresurada, para aprovechar el tirón de la sentencia de la trama Gürtel. Todo es de rabiosa actualidad, muy identificable, pero también epidérmico. ‘El reino’, más que una mirada sobre la corrupción política y económica española, es un mero vistazo a la misma.

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En gran parte de su metraje (hasta que se traiciona con ese incongruente final), la película es poco discursiva: los diálogos son realistas por cuanto se dice más de lo que se habla, hay más implícito de lo que se hace explicito. Aprovechando que el espectador viene instruido, se dan por supuestas muchas cosas y hay mucho eufemismo y jerga elusiva. Uno se imagina que este tipo de corruptelas deben de tratarse así: “tranquilo, que está todo bien atado”, “voy a poner en marcha aquello”, “buscamos un buen fontanero y solucionado”, “Fulano será comprensivo si le tratamos bien”, etc. También la mafia se refiere a sí misma como la Cosa Nostra.

Esta cualidad elusiva, esta ambigüedad en los diálogos, este decir sin decir, no sería en sí negativo, si no fuera porque es la punta del iceberg de una falta de concreción mucho peor: la de la trama delictiva. Es fácil saber que la trama Persika es un remedo de la Gürtel, pero siempre se alude a ella como de soslayo: está siempre flotando como ese secreto que tapar, como ese arma arrojadiza, como esa manta de la que tirar, pero nunca como una protagonista bien definida.

En el film de Sorogoyen la mirada profunda y analítica, incluso el trabajo de personajes, parece haber sido substituido por (o enterrado bajo) el topico fácil, incluso algo caricaturesco, de la idea de corrupción política forjada en el imaginario popular a golpe de telediario. Sí, hay mucho de verdad, de preocupante certeza en el film, pero no aprenderemos más de lo que ya sabíamos antes de entrar a la sala. Parece que la realidad le brindaba más material a Sorogoyen y su coguionista Isabel Peña del que ellos nos devuelven. ‘El reino’ corre el riesgo de olvidarse tan pronto como el enésimo caso de corrupción destapado en un informativo.

También la ambientación y localización del film (esa geografía fílmica de la que hablaba aquí y aquí), es otro apartado que se antoja demasiado genérico. ‘El reino’ es un film indudablemente ibérico y cañí, y aunque no se nombre explícitamente, no es difícil deducir que la acción sucede (cómo no) en la zona del Levante. Sin embargo, hay algo algo impersonal en su ambientación, empezando por la falta de mención explícita a topónimo alguno y acabando por la ausencia de toda idiosincrasia levantina (p.e., en el casting, ni siquiera en el acento de los actores), más allá del cameo de Ferran Gadea (Tonet en el serial valenciano ‘L’alqueria blanca’) o la fideuà que se está comiendo mientras trabaja uno de los personajes.

Ritmo trepidante y mucha, mucha tensión

No es el realismo social, periodístico o documental lo que importa aquí. La apuesta de Sorogoyen, como decíamos, es el punto de vista personal, visceral, inmediato, “experiencial”, si se me permite el neologismo. Importa más la acción, el thriller, las idas y venidas a contrarreloj de ese corrupto cualquiera que es Manuel López Vidal.

Y es justamente ahí donde destaca ‘El reino’. Como ya sucedía en su anterior film ‘Que Dios nos perdone’ (2016), Sorogoyen parece mejor coreógrafo de acción que compositor de tramas. Allí, al menos había personajes más potentes (sobre todo ese inspector Alfaro que se comía Roberto del Álamo). Aquí, lo más destacable es su oportunismo e indudable cualidad de fresco de la realidad actual; su trepidante ritmo; sus actores (atención a un sorprendente Francisco Reyes, y a un Luis Zahera quizá demasiado histriónico y sobreactuado), y ante todo, el gran manejo de la tensión en sus escenas de más acción, donde alcanza cotas magistrales.

Y luego está ese final (¡SPOILER!) en el plató de televisión, donde el libreto se traiciona, y la apuesta por la no discursividad ni el juicio explícito se va al garete con dos monólogos explicativos demasiado explícitos. Resulta interesante la confrontación de dos puntos de vista, de esas dos caras de una misma moneda con la que en realidad todos pagamos, pero también son un subrayado temático final incongruente e innecesario, cuando lo que se echa de menos, por el contrario, es un mejor cierre de la trama.

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‘El reino’ es un thriller disfrutable, sin ninguna duda. Si sólo aspiráis a pasar un gran rato y ver una cara más humana de la corrupción de sus consecuencias personales, ‘El reino’ es una gran alternativa, otro eslabón más en el círculo virtuoso del thriller policiaco – político – criminal nacional. Sin embargo, si sois más ambiciosos y buscáis un estudio serio de los mecanismos y resortes de la corrupción política y social de “la piel de toro”, será mejor que veáis un buen documental de investigación sobre el tema. Porque lo que desde luego no es el film de Sorogoyen, como algunos han llegado a decir, es la película definitiva sobre la corrupción en España.

Blogger de Niro

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