It Follows (2015): tener tantos seguidores nunca fue tan aterrador

Estrenada en el Festival de Cannes de 2014 y en salas comerciales en 2015, “It Follows” se convirtió en un éxito inesperado para un film de bajo presupuesto que no pretendía hacer demasiado ruido en la taquilla. De hecho, en EEUU se estrenó en su primer fin de semana en tan sólo 4 cines entre Nueva York y Los Ángeles. El éxito fue inesperado incluso para sus distribuidores, que pensaban estrenarla en video-on-demand al cabo de dos semanas, y decidieron estirar la gallina de los huevos de oro durante un largo periodo, aumentando exponencialmente las pantallas (y los beneficios), y demorando hasta cuatro meses el estreno en VoD.

¿Ves a esa chica de amarillo? ¿No? Ups…

El resto es historia: el film de David Robert Mitchell se convirtió en la sensación indie de 2015, y en película de culto. Le llovieron críticas positivas por aportar aire renovador al género del terror adolescente. Pero también ha generado alguna que otra controversia por lo vago y ambiguo de su historia, que si bien para algunos (entre los que podría contarme) no le resta demasiado a los logros del film, para otros resultan imperdonables, y quizá desde un acercamiento diferente, la consideran una película sobrevalorada.

“Esta no sería la mejor cita de mi vida…”

Aquí va mi opinión sobre este film, que en lineas generales, considero un buen ejemplo de cómo hacer una película de terror elegante y atmosférica, alejada del slasher, el gore, el torture porn y demás exhuberancias hemoglobínicas, pero también del mal llamado thriller psicológico que se pierde en laberintos paranormales y trampantojos de saldo (algún día hablaré del thriller psicológico y sus miserables trucos).

La puesta en escena: formas de otro tiempo

Aunque su elegante fotografía embellezca el conjunto al gusto contemporáneo (no es cuestión de ser hortera), el resto de la puesta en escena en “It Follows” es decididamente retro, inspirada en los 70 y 80 (como el poster que he usado aquí, que no fue el utilizado en España): la música de sintetizador, los movimientos lentos de cámara, esas lentas panorámicas, los planos ralentizados, ¡ese zoom! El delicado uso del zoom en ‘It Follows‘, esos casi imperceptibles movimientos de óptica, junto con un trabajo de cámara y un tempo deliberadamente pausados, y esa música retro y atmosférica, consiguen retrotraernos a lo mejor del cine de suspense y terror de los 70 y 80 (se la ha comparado mucho con el cine de John Carpenter), y generar una sensación inquietante, malsana.

Todo en la mise-en-scene de Mitchell va encaminado a llevar el suspense a cuotas cinematográficamente más elevadas alejarsándose del modelo de golpe sonoro y susto barato, del ritmo atropellado y confuso tan habitual hoy en día. Y cuando hay sustos son de los buenos, como esa escena, ese plano efímero de la figura enorme que  entra detrás de Yara por la puerta de la habitación.

Uno de los planos que más sale en mis pesadillas.

No deja de resultar llamativo (y debería hacer pensar a más de uno) que en una época en que el cine de terror está en gran parte dominado por ese subgénero que son los infectados (una variación rápida, ágil y espídica de los zombis de antaño), una amenaza tan lenta como la que propone ‘It Follows‘ dé tanto miedo.

Una abuela en camisón no daba tanto miedo desde ‘REC’.

En efecto, aquí no hay velocidad, rabia ni demasiada sangre. Sólo unas presencias que avanzan a paso de tortuga (como los zombis de antes), pero implacablemente hacia aquella persona “infectada” con el improbable virus sexual que propone el film. “It Followsexprime su sencilla pero aterradora premisa de un modo puramente visual sin caer en el montaje atropellado y en el uso atronador de la música tan en boga hoy en día. Nuestra mirada se ve continuamente impelida a explorar inquieta el encuadre en busca de la aparición de la presencia allá a lo lejos, por alguna parte del frame. En varias escenas se juega con esta baza (Jay sin quitar ojo al pasillo desde el hueco de la puerta en su habitación de hospital) e incluso para hacernos dudar de si lo que se mueve en la distancia es o no eso (la escena nocturna del columpio en el parque, esa escena final tan controvertida).

Mitchell juega continuamente con el primer término y el fondo, siendo muchas veces en este último plano visual donde se aprecia, en la lejanía, y no siempre centrado, el elemento inquietante.

¿Donde está Wally?

De hecho, como sucede en la excelente primera escena, lo que más miedo da es lo que no se ve, incluso lo que no se comprende.

No hay mejor forma de huir de algo que en tacones de andar por casa.

En este sentido, al tomar generalmente el punto de vista de Jay, me atrevería a decir que la premisa del film y su ejecución juegan con algo cinematográfico como es la distancia del sujeto (nosotros) respecto del objeto de nuestros miedos. Esa sensación de que uno está aquí y aquello terrorífico está allí, lejos, pero se acerca. No sé si es algo tan atávico, universal o sólo sea cosa mía, pero el film de Mitchell me toca esa tecla con mucha maestría. En resumidas cuentas, “It Follows” es puro suspense visual.

La historia: ambigüedad y (¿demasiados?) cabos sueltos.

Más controversias (incluso internas para quien esto escribe) levanta su historia, plagada de agujeros lógicos y cuya imprecisión ha irritado a más de uno. Cuestiones como cual es el origen o incluso el propósito de la amenaza quedan relegadas en pos del ejercicio de estilo y de género. Ni siquiera hay un mensaje claro, y el final resulta bastante desconcertante. Particularmente, no necesito una explicación lógica para asuntos paranormales. Es más, asumo que la amenaza pueda ser una encarnación metafórica de cualquiera de los miedos del director, o incluso de una sociedad, la actual, a la que inquietudes latentes no le faltan. En mi opinión, gran parte del acierto de ‘It Follows’ consiste en no perderse demasiado en laberintos argumentales tratando de justificar lo injustificable. Hay quien ha criticado duramente, por ejemplo, lo insostenible que resulta la mecánica del “contagio”. De hecho, Indiewire, en un movimiento bastante miserable para mi gusto, publico, a modo de burla, la carta (sí, sí, carta postal) que un anónimo les hizo llegar y en la que lanzaba un montón de preguntas preguntas sin una respuesta clara.

Aunque señalaba cuestiones interesantes, en mi opinión dicha persona (sobre)analizaba el film desde un punto de visto demasiado lógico. La improbabilidad e imprecisión de esa “entidad” que sigue a los protagonistas de ‘It Followsla hace, a mi entender, aún más aterradora. Demasiadas veces los thrillers o los films de suspense tienden a “sobreexplicarse”, a ser demasiado racionales, a embotarnos la cabeza con las propias normas de su propio juego (lease ‘Orígen’, por ejemplo) asesinando con ello toda la carga onírica, surreal, ambigua e inquietante que sus premisas podrían haber deparado.

Sin embargo, ahora debo entrar en el terreno del SPOILER para señalar alguna cuestión de guión que no se sostiene demasiado, y que no puede ser excusada por la apuesta consciente de Mitchell de dejar elementos a la imaginación del espectador.

Por ejemplo, ha sido muy comentado el absurdo plan final de los chicos para electrocutar a una presencia que, como ha quedado demostrado anteriormente, no puede morir. Cuando la vi, pensaba que me estaba perdiendo algo: “si ya le han disparado en la cabeza y se ha vuelto a levantar, qué van a hacerle unos cuantos voltios recorriendo su cuerpo?”. Quizá algún detalle referido a la electricidad se me había quedado lost in translation (sí, voy de moderno y veo las películas en VO subtitulada en inglés). Pero no. Cuando acudí a internet comprendí que era una asunto harto discutido. El propio director, en una entrevista, explicaba que no quería un final de esos en los que los protagonistas descubren el talón de Aquiles del mosntruo y lo vencen. Tiene lógica, pero algo con un poquito más de sentido no habría estado mal. En cualquier caso la escena no está a la altura del resto del film, y contiene otros detalles discutibles: Paul, no contento con haber herido a Yara, dispara al agua casi a ciegas, de forma muy temeraria, a riesgo de matar accidentalmente a Jay hasta que consigue acertar milagrosamente en la cabeza de la presencia).

Lo de disparar a ojo de buen cubero con tu chica por medio no parece una gran idea.

Tampoco se sostiene demasiado que tanto Greg como Paul se acuesten con Jay a sabiendas de las consecuencias. Podemos entender que ambos la deseen (Paul incluso parece enamorado de ella), y que quieran ser su caballero andante, pero hay algo de descerebrado en todo ello.

Por último, la trama en si misma es bastante raquítica y en cierto modo podría decirse que estirada gracias a su ritmo lento y desasosegante. Hay pocos avances interesantes, más allá de los de la protagonista para huir de sus amenazadores “seguidores”. El ejemplo más claro de esto sería la secuencia en la que Jay y sus amigos emprenden viaje para buscar a Hugh, quien en realidad resulta llamarse Jeff. Después de algunas pesquisas (y de visitar una casa convenientemente derruida y tétrica), consiguen dar y hablar con él. Pero lo que éste les cuenta no es ni más ni menos que lo que ya sabíamos desde la escena del primer giro, en la cual contagia a Jay y le explica las “reglas del juego”. Acto seguido, Jeff desaparece de la trama para no volver. Después de diez minutos, volvemos prácticamente al punto de partida.

Darse la caminata para que te expliquen lo que ya sabes. Pero echas el finde.

En resumen, estamos ante un film diferente, cautivador por sus formas, que de tan cuidadas y acertadamente retro, consiguen enmascarar (y que muchos le perdonemos, incluso aunque servidor sea guionista) ciertas carencias narrativas importantes. En cierto modo, no se trata de un drama realista, de un procedural o de un film de espionaje. Se trata de dar miedo como lo dan las pesadillas, ilógicas e inexplicables, y lo cierto es que “It Follows” consigue que un escalofrío se instale en nuestro cuerpo durante casi todo el metraje. En la era de las redes sociales, nunca tener tantos seguidores fue tan aterrador.

¿Qué más da que nadie nos entienda (ni a nosotros ni al final)?

‘Los del túnel’ (2017): reírse (y mucho) por no llorar

Poster Los del tunel

Escribo de memoria. En una escena de Austin Powers, después de matar su protagonista a un esbirro del Doctor Maligno, seguía una secuencia en la que veíamos cómo todos los familiares y amigos recibían apenados la noticia de la muerte del sujeto en cuestión. Este genial gag venía a decirnos que, a pesar de aparecer como seres anónimos, los esbirros también eran personas importantes para los suyos, cuestionando así el punto de vista habitual centrado en el protagonista.

Los del tunel

Pues bien, el film de Pepón Montero parece tener las mismas intenciones cómicamente subversivas frente a los códigos y tópicos del film de catástrofes o del drama. No por casualidad, ‘Los del túnel’ empieza donde acaban la mayoría de survivals: supervivientes siendo rescatados y arropados, beso entre los dos protagonistas a los que la tragedia ha unido y la cámara se aleja mientras sube la música. A partir de este arranque en tono paródico, el film se dedica a desbaratar toda la épica de las películas de catástrofes y heroicidades, siguiendo a sus protagonistas que, de vuelta a sus insulsas vidas, intentan darle un sentido a lo que les ha sucedido, como si la tragedia hubiese de ser una señal que les empujase a dar un giro radical a sus vidas.

El film de Montero no sólo subvierte los códigos épicos del heroísmo, sino que se ríe de la espiritualidad que sigue a la experiencia de muerte, y de paso de nuestras aspiraciones de transformación, de nuestros propósitos de enmienda (los que nos hacemos al  “volver a nacer”, o simplemente los de Año Nuevo) y de la capacidad humana de cambiar, sobre los cual se sustentan mayoría de films. De hecho, se salta con enorme acierto la regla básica del cine mainstream: la (¿necesaria?) transformación del protagonista. Los del túnel es un desternillante y extraño canto al inmovilismo como forma de vida.

Los del túnel

Lejos de intentar emular el modelo americano de otros films (‘Spanish Movie’, ‘Fuga de Cerebros’, ‘3 bodas de más’)  y/o de reproducir el modelo de sainete amable con diálogos del peor nivel televisivo (‘Perdiendo el Norte’), ‘Los del túnel’ luce diferente, original y desconcertante. Particularmente, no encontraba semejante mezcla de lucidez cómica y dramática desde ‘Días de Futbol’ (D. Serrano, 2003)

Entre la caspa más cañí y ese misticismo new age tan postmoderno y tan de moda en las redes sociales; entre el humor negro y el surrealismo; entre el costumbrismo y una opresiva miseria emocional, el film de Pepón Montero encuentra su tono extraño, lúcido, más agrio que dulce. Apenas guarda la habitual distancia cómica (el tiempo transcurrido desde la desgracia, la exageración de las personalidades, la mirada “desde arriba” a los personajes), sino que se siente real, cercana, seria y dolorosa. Y sin embargo, es imposible no reírse con su forma de desmontar la épica, con su existencialismo de chándal, y sobre todo, con su certero retrato de lo cutres que somos y lo perdidos que estamos.

Los del túnel

El reparto está genial, con mención especial para un Arturo Valls (con quien tuve la suerte de coincidir en ‘Ahora Caigo’) que se mueve en un registro difícil y demuestra su vis dramática, y sobre todo para Nuria Mencía (su sufrida e ingenua esposa en la ficción), que se merienda cada escena que tiene. Lástima que al film le falte una puesta en escena más decidida y potente, más cinematográfica y menos televisiva.

Que no os engañe el (engañoso) póster: ‘Los del túnel’ ofrece risas y muchos momentos desternillantes, pero no es el tipo de comedia que uno va a ver para “olvidarse de todo” durante una hora y media. Se trata más bien de reírse por no llorar.

Murió Mary Tyler Moore, la madre de ‘Gente Corriente’ (1980)

Ordinary People (R. Redford, 1980)
Mary Tyler Moore

Mary Tyler Moore en los Emmy de 2008 (foto de Chris Pizzello / AP)

Ayer se fue, con 80 años, Mary Tyler Moore, quien al parecer fue una leyenda de la televisión estadounidense. Sin embargo, yo siempre la recuerdo como Beth Jarret, la inquietante madre del atormentado adolescente del drama ‘Gente corriente’ (1980), papel por el que fue nominada al Oscar. Aquí va, como homenaje, mi crítica de dicho film, que hice hace unos años para mi anterior blog. Dencanse en paz.


Ya se sabe que cuando a los gurús del guión les da por uno, no hay quien los saque de los mismo ejemplos. Y Robert McKey, en su libro “El guión”, destripa constantemente el de este film, escrito por Alvin Sargent, y basado en la novela de Judit Guest. Por eso me decidí finalmente por verla, y me he encontrado con un peliculón de los que te marcan. Por dos cuestiones: por su inquietante tratamiento de la depresión y por la insana relación madre-hijo que dibuja.

En el cine hemos visto esposas adúlteras, esposas que abandonan hogares e hijos, aunque luego vuelvan para pedir su custodia (Kramer vs. Kramer, Robert Benton , 1979) madres sobreprotectoras hasta la psicosis y hasta alguna aberración escalofriante (Los Límites del silencio, Tom McLoughlin, 2001) en esa relación madre-hijos. Pero entre todos los conflictos imaginables, los más manidos y los más originales, el cine, como la sociedad, apenas ha osado cuestionar lo incuestionable: el amor de una madre por sus hijos. Pero ¿qué pasa cuando una madre no quiere a su hijo, no le escucha, prácticamente le ignora, pero ni siquiera tiene agallas para decirle a la cara que no siente por él más que rencor? ¿Qué pasa cuando ese hijo tiene problemas psicológicos y necesita el apoyo de sus padres, y su madre se comporta como esa chica a la que queremos acercarnos pero que no nos hace demasiado caso, y se limita a intercambiar algunas frases por compromiso? ¿Qué pasa cuando una madre, sencillamente, no ejerce de madre? Pues pasa que tenemos un conflictazo, un personaje odioso (un caramelo que se come Mary Tyler Moore), uno de los polos de una de las relaciones más dolorosas e inquietantes que he visto nunca en la gran pantalla. Una relación que en cierto sentido, nada tiene de corriente.

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Y sin embargo, el título del primer film como director de Robert Redford (posiblemente el mejor) es una declaración de intenciones: en efecto, no estamos ante un melodrama maniqueo, sino ante un drama real, sobre gente imperfecta, sobre animales heridos.

La interpretación de Timothy Hutton encarnando a Conrad, el adolescente atormentado por la muerte de su hermano (de la que se siente culpable) es, sencillamente, escalofriante. Por su parte, Donald Sutherland y Mary Tyler Moore como los padres, están espléndidos. Él es Calvin, un buen hombre, un trozo de pan que lo único que quiere es mantener a su familia unida. Ella es Beth, una mujer dura y fría como el acero, que apenas oculta su resentimiento hacia Conrad por la muerte de su primogénito.

Aunque quizá peca de obvia o exagerada en algún momento a la hora de dibujar el desencuentro madre-hijo, el film tiene escenas que (será que por alguna cuestión me ha tocado la fibra) dan más miedo que las pelis de miedo: ese momento descaradamente incómodo entre Beth y su hijo cuando Calvin se empeña en hacerles una foto juntos, esas conversaciones (cuando no están discutiendo) también incómodas y dolorosamente triviales que reflejan ese total desencuentro. “Simplemente, no conectamos”, dice Conrad. Yo ya había conectado por siempre con este dramón cuyo final te deja tan frío como aliviado. Recomendable 100%.

‘Un monstruo viene a verme’ (2016): Bayona, sin un buen guión, se pierde en su laberinto del fauno

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Existe cierta tendencia en las últimas décadas a los filmes fantásticos protagonizados por niños. Hay multitud de ejemplos de cintas de suspense, desde ‘El sexto sentido’ (1999) hasta la reciente ‘Babadook’ (2014), donde los pequeños sufren visiones escalofriantes, pero hay otro tipo de films-fantásticos-con-niño donde la mirada infantil es la puerta hacia mundos fantásticos y criaturas, reales o proyectadas, más amables e inofensivas, a pesar de su aspecto. Estas historias transmiten una cierta añoranza de la infancia, más abierta a la fantasía y lo mágico, edad en la que se conservan intacto el don de la imaginación y una mirada limpia, aún no condicionada por las reglas del mundo adulto (de las sociedades occidentales al menos), sus dogmas y su positivismo científico. En realidad, esas criaturas que se aparecen o los visitan, más que amenazas suelen ser mentores en la superación de desafíos vitales como el paso de la infancia al mundo adulto, cual Alicia en el País de las Maravillas, o como vía de escape de un mundo cruel, como sucedía en ‘El laberinto del Fauno’ (2006).
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Pues bien, el nuevo film de J.A. Bayona, podría situarse en esta última tendencia, y de hecho parece mirarse en el film de Guillermo del Toro. Sin embargo, a ‘Un monstruo…’ le falta lo algo esencial que sí tenía aquél: un buen guión. Patrick Ness adapta su propia novela, pero cine y literatura son dos lenguajes diferentes, y en formato de guión la cosa nunca llega a funcionar. El primer film de Bayona sin guión de Sergio Sánchez adolece de un desarrollo plano y repetitivo, carente de giros interesantes. Las apariciones del monstruo (criatura más bien, un monstruo es otra cosa) nunca sorprenden, pues son anticipadas desde el principio (“Vendré cada noche…”) y suceden siempre a la misma hora. No os descubro gran cosa: el guión que se hace spoiler a sí mismo.
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Además, nunca hay rastro de misterio, pues ese árbol gigante y de aspecto agresivo declara sin embargo desde el principio sus inocuas intenciones: explicarle a Conor unas historias que, aunque de una bella imaginería visual, rompen el ritmo del relato general. Además, no tienen una clara incidencia sobre éste más allá de las moralejas subrayadas mediante diálogo por la criatura. “No soy un niño de cinco años” le dice Conor a su abuela. Lamentablemente, Bayona nos trata como si nosotros sí lo fuéramos.
Más allá de las apariciones del “monstruo”, cuyo diseño es de gran virtuosismo visual y tecnológico, del lado “real” del relato lo que queda es una trama prácticamente inexistente, sin apenas empuje dramático (dramático de dramaturgia, no de lagrimón, que de eso sí hay), pues la historia apenas avanza (¿tiene Cónor alguna posibilidad de conseguir su objetivo aparente?) más allá de una premisa que es toda una bomba de gases lacrimógenos: mamá se está muriendo de cáncer y en el colegio me hacen bullying por que soy raro. Todo ello filmado en tonos fríos, como es menester. Lo dicho: la sutileza tampoco es una de las virtudes del film.
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Ambos mundos (el fantástico y el real) prácticamente sólo confluyen en el momento climático, y para colmo, el único elemento oculto del relato (¿qué esconde Conor?) resulta en una revelación totalmente insulsa e insatisfactoria disfrazada de gran enseñanza vital.
Es tan necesario remarcar los méritos de Bayona como no aplaudirselo todo de forma acrítica, como parecen hacer algunos. En mi opinión, el director catalán debería haber escogido un mejor guión (o un mejor guionista para adaptar la novela, y no un primerizo). Bayona lo fía todo al apartado visual y a un sentimentalismo empalagoso y de manual que sólo satisfará a los espectadores que lloraron con ‘El niño del pijama de rayas’, que no son pocos. Pero si buscáis una historia seria que entienda el drama no sólo como aquello que conmueve sino como aquello que interesa, no vaya a ver a este monstruo que viene a verle.

España se hace un ‘selfie’ y Coixet lo cuelga en los cines.

En 2010, Ridley Scott y Kevin McDonald (“El último Rey de Escocia”) pidieron a los usuarios de Youtube de todo el mundo que subieran a esta red social videos que retratasen fragmentos de su vida durante un dia concreto: el 24 de julio de 2010 y que además, respondieran tres preguntas: “¿qué hay en tu bolsillo o bolso/a?”, “¿qué amas?” y “¿qué temes?”.

De entre las 4500 horas de video recibidas desde 192 paises, se seleccionaron ciertos fragmentos para componer, en orden cronológico y saltando de una punta a otra del planeta, el relato de un dia en la Tierra.

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A nivel estrictamente fílmico, el experimento ponía sobre la mesa varias cuestiones, como el potencial del crowdsourcing a la hora de generar el metraje o el poder de la selección y el montaje para crear un discurso con un material dado. El resultado, sin embargo, fue algo más edulcorado del que hubiera soñado Eisenstein con el mismo material. “Life in a day“, un emotivo retrato de la especie humana y de lo que significaba estar vivo aquel 24 de julio de 2010, se estrenó simultáneamente en Youtube y en el festival de Sundance, y llegó al circuito comercial el verano de 2011.

Tras conocer un remake italiano en 2014 (“Italy in a day“, de Gabriele Salvatores), y uno alemán el pasado verano (“Deustchland. Made by Germany“, de Sönke Wortmann), llega ahora la versión española de la mano de Isabel Coixet. Y el resultado es practicamente idéntico al original.

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La lectura negativa de esto es que Coixet no ha aportado apenas nada original al proyecto, y es dificil hallar algún rastro de autoria en la selección y el montaje de los fragmentos (tratandose de la Coixet, para su legión de haters eso será una buena noticia). La directora catalana ha calcado practicamente el esquema del proyecto original: orden cronológico, pequeñas “unidades temáticas” entre las cuales están la respuesta a casi las mismas tres preguntas, y una selección de material con valor emocional pero políticamente muy correcto y escasamente reivindicativo (a nivel social o territorial, por ejemplo, esta España podría haber dado más de sí). Es decir, al igual que en “Life…“, ha imperado aquello más ñoño. No en vano, Coixet estaba al mando.

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Sin embargo, la lectura positiva es que Spain in a day” no desmerece en lo que a emotividad se refiere. Ayudado por la banda sonora de Alberto Iglesias, el film conserva la mejor cualidad de la propuesta original: la de hacer que por un rato, perdamos (afortunadamente) la compostura crítica y seamos sólo seres humanos. Que seamos ese bebé que recién llega al mundo (¿que sentirá cuando sepa que su nacimiento se vió en los cines?); esa anciana centenaria de mirada cansada y mente ya confusa; esa chica que llama a sus padres sólo para decirles “te quiero”; esa niña que teme a la muerte; la chica aquejada de cáncer más guapa que este crítico recuerda, o ese pequeñín (impagable momento, casi una metáfora de orden mitológico sobre nuestra especie) que intenta asombrado coger los rayos de luz que entran por la ventana y bañan su cuerpo. Y los animales (muchos gatos, que no podían faltar en un film tan youtuber), que no son humanos pero forman parte ineludible de nuestra vida.

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Spain in a day” es como un Frankenstein cinematográfico: construido con retazos de texturas y realidades diversas, pero con un enorme corazón. Un canto a nuestra vida (y a nuestra muerte) de enorme valor documental y existencial que refleja algo de la complejidad de este extraño viaje que es la vida. No se sorprendan si sueltan alguna lágrimilla o una carcajada empática. Es cierto: desde una óptica resabiada podríamos alegar que el formato “in a day” es del mejor ejemplo de la era de los smartphones, las cámaras GoPro, los selfie stick y la espiritualidad estilo Paulo Coelho. Pero también de que la gente es capaz de hacer cualquier cosa para tener sus 15 minutos de fama. Por una vez, incluso lo mejor: ser simplemente humanos. 

‘Elle’ (2016): Vuelve un Paul Verhoeven muy Haneke pero más juguetón

Prolífico entre finales de los 80 y de los 90 (suyas son las icónicas ‘Robocop’ (1987) , ‘Desafio total (1990) o ‘Instinto básico’ (1992)), el siglo XXI ha si sido menos productivo para Paul Verhoeven, que estrenó su último film en salas hace ya una década. Sin embargo, tal y como demostró con ‘El Libro Negro’ (2006), el viejo maestro holandés sigue en plena forma, igual de juguetón y provocador que siempre.

Pese a que la historia (basada en la novela de Phillipe Djian) podría haberse convertido en un ‘Instinto Básico’ a la francesa, ‘Elle’ está más cerca de ser un estudio de personaje que un thriller erótico. Desde la puesta en escena de ritmo pausado y tonos fríos que acompañan la gelidez emocional del personaje y sus relaciones, hasta la inevitable comparación con ‘La pianista’, Verhoeven parece haberse mirado más en Haneke que en Hollywood. De hecho, no sólo comparten actriz (inmensa Huppert), también unas protagonistas con la misma bipolaridad psicológica: frías y altivas en apariencia, albergan en su interior una sexualidad frustrada y/o enfermiza.

La primera y magistral escena del film condensa tanto el tono del film como la interesante personalidad de su protagonista. Pantalla en negro. Gritos, gruñidos, forcejeo y respiraciones entrecortadas. Ruido de vajilla y cristales rotos. Un gato observa curioso la escena que a nosotros se nos oculta. Silencio. Entonces vemos al asaltante levantarse, recomponerse y marcharse tranquilamente. Michèle, forzada en su casa, permanece tumbada en el suelo de su lujosos chalet, dolorida. Instantes mas tarde se levanta. Lo primero que hace es barrer los cristales y la vajilla, aunque está sangrando por la entrepierna. Mas tarde se da un relajante baño de espuma, con el mismo gesto tranquilo, pensativa.

Michèle Leblanc es una mujer dura como el acero (una constante en el cine de Verhoeven) que comanda con mano de hierro y guante de seda en un mundo de hombres, el de los videojuegos dirigidos al público masculino: violentos y llenos de sangre, con monstruos y amazonas hipersexualizadas. No hay apenas rasgos femeninos en el desconcertante (por subversivo) personaje de Michèle: una llamativa frialdad emocional en circunstancias límite y una carencia total de empatía que sorprenderían al mismísimo Dexter Morgan. Unas necesidades y fetiches sexuales más propios de un hombre, que cada vez le piden más sangre y más sexo en los videojuegos que produce. La explicación: Michèle está curtida en el horror, lo cual explicaría su aséptica reacción y su negativa comportarse como una víctima.

Pero tampoco esperen un rape and revenge ni una deriva hacia la vendetta feminista estilo ‘Enough’ (Michael Apted, 2002). ‘Elle’ subvierte también (o más bien trasciende) esos códigos al atreverse a mezclar en la misma coctelera violaciones, morbo, humor y erotismo. Asoma el recuerdo de ‘Instinto básico’, sí, pero pasado por el filtro europeo: el estudio de la psique de Michèle y el drama de relaciones burguesas, tan caro al cine francés, pesan siempre más que el thriller erótico. Lo negativo es que no todas las subtramas de relación que dibujan a Michèle son tan redondas como fuera deseable (la de su hijo Vincent roza el esperpento) y la trama principal se resiente a veces de ello, sobre todo en un final algo anticlimático para el gusto de este crítico.

Pero qué más da, si el film esta sostenido por (y consignado a) una inconmensurable Isabelle Huppert, que a sus 63 años (con perdón) consigue resultar tan borde y repelente como a veces divertida, tan atractiva como misteriosa… y hasta excitante.

‘Callback’ (2016): el éxito como ‘must have’

En su primer film rodado en USA, coescrito con su actor principal, Martín Bacigalupo, Carles Torras se sirve perfectamente las herramientas de la narrativa clásica americana, para entregar posiblemente uno de los mejores films españoles (aunque no lo parezca) de los últimos tiempos. Torras ha firmado un oscuro thriller (no tanto en las formas como en el fondo) sobre la búsqueda del American Dream convertido en obsesión enfermiza.

Callback-film Carles Torras Larry

Es fácil caer en la tentación de comparar Callback con Taxi Driver, y su Travis Bickle, o incluso con aquel Patrick Bateman de American Psycho. Si la primera funcionaba como metáfora del trauma de Vietnam, la segunda era una hipérbole del sueño capitalista americano. Ambas tenían en común dos personajes llenos de frustración y resentimiento. Sin embargo, Callback parece mirarse también en otro magnífico film mucho más contemporáneo: Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy.

nightcrawler jake gyllenhaal

Desde la primeras escenas, su Larry de Cecco parece un alter ego latino de Lou Bloom, el personaje interpretado en aquella por Jake Gyllenhaal. Como Lou, Larry es un ser solitario, desagradable, ortopédico, con un particular código de valores que no incluye los escrúpulos, y que está dispuesto a hacer lo que sea para labrarse el camino que le lleve a alcanzar su sueño americano. Si el sensacionalismo y la ambición por conseguir la primicia a toda costa retrataban los excesos de la sociedad americana en el film de Gilroy, otras dos obsesiones del American way of life estan muy presentes en el de Torras, y en la vida del protagonista: la publicidad (al más puro estilo teletienda) y la religión.

La búsqueda del sueño americano (de cualquier sueño, de hecho) tiene su lado oscuro: la frustración. Larry (que incluso ha renunciado a su propia identidad latina en pos de la soñada integración, que acude cada día a la iglesia donde un espídico predicador católico inyecta el fervor religioso en sus feligreses) no logra el ansiado éxito. Confundido, resentido, aterrorizado ante la perspectiva del fracaso, Larry se siente defraudado por las promesas de gloria incumplidas, como si se tratase de uno de esos engañosos anuncios que Larry sueña con interpretar. Promesas que él mismo ha convertido en un peligroso must have.

Callback-film Carles Torras Larry metro

Lejos del tenebrismo y las marcas de estilo de su anterior film, Open 24H, Callback es visualmente más contenida, pero juega otra carta maestra: un inmenso Martín Bacigalupo. Todo un descubrimiento este actor chileno residente en USA, que compone un personaje tan execrable como memorable. Su caracterización (incluso en ello recuerda a Lou Bloom), su voz cavernosa (su dicción imitando el tono triunfalista de los spots no tiene precio), y una contención que esconde tal virulencia que nos mantiene enganchados a la butaca esperando a verle explotar.

callback martin bacigalupo carles torras

No faltan tampoco en Callback las imágenes potentes, simbólicas (el cadáver de un sueño envuelto en la bandera yanqui), el humor negro ni la capacidad de no tomarse a sí misma demasiado en serio a pesar de la gravedad de lo que cuenta. Sólo cabe lamentar algún agujero del guión y una resolución algo anticlimática.

callback lilli stein carles torras

Estamos, en suma, ante un film sólido, una pasadilla urbana tan macabra como divertida, donde personaje y tema se funden en un retrato de la ambición mal digerida. Un film que marca un salto cualitativo en la prometedora carrera de Carles Torras.

The Witch (2015): fascinante cuento de terror gótico

Desde las dos V en lugar de la W de su título original y su subtítulo (a New England folk-tale) hasta sus créditos finales, en los que se advierte que el film está inspirado en las leyendas y registros oficiales sobre brujería de la época, La bruja demuestra una acusada voluntad de rigor histórico. El primer film de Robert Eggers, que inauguró el pasado festival de Sitges, tiene mucho de mito fundacional, de folklore y de cuento popular: esos en los que más que una realidad remota lo importante es el modo en que se transmite.

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Verdad y creencia se entremezclan en un film que continuamente juega con la ambigüedad, que se mueve en la línea que separa lo paranormal de la sugestión como lo hacía, por ejemplo, Requiem. El exorcismo de Micaela (Hans-Christian Schmid, 2006). Como en aquella, el asfixiante fervor religioso que cultivan los protagonistas es un terreno abonado para el terror, sea bajo la forma de una sempiterna culpabilidad, sea bajo el temor al demonio y sus brujas. Lejos de la grandilocuencia de que podría haber sido objeto el tema, La bruja es una pequeña gran historia que se centra en los miembros de una familia humilde repudiada de la tierra prometida (Nueva Inglaterra, siglo XVII) y en cómo afectan a las relaciones entre ellos los extraños acontecimientos que les suceden. Un film de personajes bien delimitados y las dinámicas que se crean entre ellos mediante el miedo, el dolor o la mentira.

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Tras su acertado uso de los elementos típicos de la retórica de la brujería, La bruja está trufada de otros elementos simbólicos que remiten a la tradición del relato folklórico (el temido lobo que se llevó al bebé, la bruja transfigurada en Caperucita, ese bosque prohibido que recuerda tanto al de Shyamalan). Otro aspecto destacable del film de Eggers (mejor director en Sundance) es su puesta en escena: la ambientación naturalista y cruda, la composición de las escenas nocturnas a la luz de la hoguera y los tonos ceniza del día, el respeto escrupuloso por el inglés de la época. Un inglés declamado por unos actores desconocidos pero solventes, entre los que cabe destacar a ese padre (Ralph Ineson) de voz escalofriante y presencia tan poderosa como patética.

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La bruja hechizará a aquellos que disfruten con las intrigas que se cuecen a fuego lento, con las historias guiadas por los personajes y con las oscuras leyendas tratadas con rigor. Deberían alejarse de ella, como si del demonio se tratase, quienes busquen un film de sustos diabólicos y brujas voladoras sobre escobas digitales.

Entrevista a Carles Torras sobre ‘Callback’

A continuación reproduzco la entrevista que tuve oportunidad de hacer a Carles Torras y Martín Bacigalupo, triunfadores en el Festival de Málaga (Biznaga de Oro a la mejor película, al mejor guión y al mejor actor) por Callback. La entrevista se llevó a cabo en el marco del Campus D’A y el seu diari D’Aily News, una iniciativa (de la que tuve la gran suerte de formar parte) del Festival de Cinema d’Autor de Barcelona, donde Torras presentó su último film. Al final encontraréis parte de la entrevista en formato audiovisual, a cargo de Caribe.

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Carles Torras me recibe en nuestra sede del CCCB sonriente, confiado. Ayer (por el jueves) llegó del Festival de Málaga para presentar en el D’A su último film, Callback. Ésta se convierte así en la primera entrevista publicada con Carles Torras tras su triunfo en Málaga (mejor director y mejor guión). Bien acomodados en el sofá del hall charlamos también con su actor principal, el chileno Martín Bacigalupo, también galardonado en el festival malagueño como mejor actor.

En Callback el guión está firmado a cuatro manos con tu actor principal ¿Cómo se refleja eso en el proceso de creación y en el rodaje?

Carles: Primero tuvimos la idea y el personaje conjuntamente. Quizá yo tenía una visión más de conjunto, de la estructura y las tramas y Martín puso su talento como dialoguista. Martín podría estar escribiendo para la HBO (risas). Hay mucho mérito suyo, sobre todo en los diálogos.
Martín: Cómo actor, sobre todo de teatro, estoy muy familiarizado con los diálogos, con cuando una línea funciona o no. Pero era muy importante que Carles tuviera la estructura muy clara, y a partir de ahí a mi se me ocurrían las cosas. Creo que nos complementamos bien porque Carles tiene lo que a mí me falta. Por otro lado, es muy importante que [al haber coescrito el guión] yo sabía exactamente lo que el personaje quería.

¿Cómo fue filmar en Nueva York? ¿Has cumplido un sueño cinéfilo?

C: Antes de que Callback fuera ni siquiera una idea, había viajado ya por Estados Unidos, y es muy inspirador, te sientes como en una película, en localizaciones que has visto tantas veces. Quería rodar algo allí. Es una gran experiencia, y de hecho tengo claro que mi próxima película la quiero rodar, espero que también con Martín, en Estados Unidos.

Callback-film Carles Torras Larry metro

Se ha hablado de nexos con Taxi Driver, o incluso American Psycho. Particularmente, me ha recordado a Nightcrawler. ¿Han sido referentes a la hora de crear el proyecto?

C: (algo molesto) Quiero decir algo al respecto. He leído que se nota nuestra admiración por Nightcrawler. Pero Callback se rodó en septiembre de 2014, cuando Nightcrawler aun no se había estrenado. Quiero dejar esto bien claro. Son dos películas que se parecen pero que han nacido paralelamente, y además tienen estilos diferentes. Es cierto que cuando vi Nightcrawler llamé a Martín y le dije que tenía que verla. Parecía una película sobre primo de Larry (el protagonista de Callback). Mis referentes podrían ser infinitos, desde Murnau, que para mi es Dios, hasta el turco Nuri Bilge Ceylan, que me parece un genio. Siempre hay un poso, pero cuando ruedo lo que intento es olvidarme de mis referentes. Teníamos el personaje tan claro, sus objetivos y su forma de llegar a ellos, que no nos hizo falta inspirarnos en ninguna otra cosa.

¿Y tú, Martín, te inspiraste en alguien para interpretar a Larry de Cecco?

M: La verdad es que no pensé en ningún personaje en concreto, ni hice ninguna preparación especial. Sólo me imaginaba qué me pasaría a mi si hiciera las cosas que hace el personaje. Lo que sí tenía muy en cuenta es que iba a estar en todos los planos y eso era un desafío. Así que traté de encontrar la “tecla” que había que tocar para poder recuperarla cuando volviéramos a rodar al cabo de unas semanas o unos meses.

Callback-film Carles Torras Larry

¿Has ido ganando libertad creativa respecto a tus inicios en ‘Joves’?

Joves era una película de històrias separadas, yo sólo hice una de ellas. Luego Trash encaja en elo que me pedían los productores tras el éxito de Joves, y yo quería continuar esa línea. Pero era un proyecto bajo unos parámetros industriales. Fue una experiencia dolorosa porque al final la película no tuvo la repercusión que esperamos. Acabé descontento por haber hecho tantas concesiones, pero aprendí cómo funciona la industria. Así que decidí producir mis propios proyectos, y rodé Open 24H, la película que yo quería hacer sin pensar en si al público le gustaría.

Open24H film Carles torras

Imagen de Open24H (2011)

Aunque no ganamos ningún premio, quedé muy contento por haber sido valiente y haber hecho lo que yo quería. Callback es un paso más en la misma dirección. Una apuesta más grande, pero he tenido toda la libertad del mundo, ya que también la he producido yo. He hecho la película que a mi me gustaría ver como espectador.

En tus films también es muy importante la alienación del individuo en la urbe contemporánea. Personajes marginales en entornos hostiles que bordean la locura, con trabajos que no les llenan ¿Hay algo ahí de tu visión del mundo o es una cuestión de género?

C: Me interesan los personajes que a pesar de quedarse marginados o incluso abocados a la locura, se resisten a adaptarse a las normas de la sociedad. Hay una visión oscura, porque me gusta el cine que explora el lado oscuro del ser humano, que todos tenemos. Vivimos en un mundo que no deja mucho margen al optimismo. No estoy muy interesado en un cine conformista, de feel-good. Creo que el cine tiene que explicar cosas que te remuevan por dentro. Si voy al cine espero algo más que un entretenimiento. Para entretenerme, me voy de cañas con mis amigos.

¿Crees que a mezcla de géneros, que encontramos en ‘Callback’, es una constante del cine actual?

C: Pienso que el cine contemporáneo debe ir por aquí, y explorar caminos nuevos. A todos nos gusta que nos sorprendan. Creo que la gente está un poco cansada (de los géneros rígidos) porque al final, salvo algunas obras maestras, se repiten siempre los mismos estereotipos. Creo que uno de los aciertos de Callback es su tono, que no sabes si estás viendo una peli de terror o una comedia. Es arriesgado porque estás al límite y te puedes estrellar. Hemos palpado que muchos espectadores se quedan desconcertados, porque no saben cómo relacionarse con la película. Sé que no es una película para todo el mundo, pero es que no quiero hacer películas que le gusten a todo el mundo.

Geografías fílmicas II: la descentralización de la ficción española

En la primera parte de este post, hablaba de la cuestión de las geografías fílmicas, de cómo Hollywood había conseguido crear, a fuerza de usarlos en sus films, un entramado de paisajes cinematográficos, toda una serie de decorados fílmicos que han convertido en protagonistas de sus películas e incluso los han exportado, de manera que hoy forman parte del imaginario colectivo mundial, aunque uno nunca los haya visitado: ciudades como Nueva York y su espectacular Manhattan, San Francisco y sus calles empinadas, edificios como el Empire State, las difuntas Torres Gemelas, prisiones como Alcatraz, carreteras como la Ruta 66 o impresionantes territorios naturales como las Grandes Llanuras, las Montañas Rocosas o el Cañón del Colorado.

Manhattan Woody Allen

La querida ‘Manhattan’ de Woody Allen, ejemplo claro de geografía fílmica.

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Las carreteras de la Ruta 66 en ‘Easy Rider’.

Por otro lado, han conseguido sintetizar (lo que siempre conlleva un mucho simplificación), empaquetar y exportar las diferentes idiosincrasias de sus regiones, hasta el punto en que las han convertido en elementos esenciales de muchas de sus argumentos. Uno podría oler el conflicto sólo con imaginar a un ranchero tejano en pleno Manhattan, o viceversa, a un ejecutivo neoyorquino en un rancho de Texas.

Sí, vale. 'Cocodrilo' Dundee era australiano, pero los americanos lo adoptaron.

Sí, vale. ‘Cocodrilo’ Dundee era australiano, pero los americanos lo adoptaron, ¿no?

En aquel mismo post hablaba sobre la descentralización de la ficción española, de cómo ahora el cine patrio está saliendo de Madrid para situar sus ficciones en otros territorios nacionales, aprovechando también su propia idiosincrasia: vease por ejemplo las marismas del Guadalquivir en ‘La Isla Minima’ (abajo), los barrios chaboleros de Sevila en ‘Grupo 7’ o el ‘Mar de plástico’ almeriense (más abajo).

la isla minima marismas

mar de plástico almería

Y no sólo en el sur: pensemos por ejemplo en ese edificio tan típico del modernismo barcelonés donde tiene lugar ‘REC’. Escenarios que no son casuales, sino que forman importante parte de la atmósfera del film, del carácter de sus personajes e incluso de su trama. Escenarios e idiosincrasias fácilmente identificables por el espectador español.

Por otro lado, me alegra seguir comprobando que empezamos a hacer buen cine de acción, thriller y policiaco. Parece que por fin usamos la crónica negra, el tejido criminal y policial, e incluso social de nuestro país para hacer thrillers contundentes, que podemos disfrutar sin que se nos escape la risa.

100 años de perdón luís tosar daniel calpasoro

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Nosotros también somos capaces de hacer este despliegue de medios, ¿qué pasa?

Parece que hemos dejado de ser exclusivamente el país de Mortadelo y Filemon o Anacleto y por fin nos lo creemos. Que si los americanos tienen a los SWAT, nosotros tenemos a los GEO; que si ellos tienen la frontera con México nosotros tenemos (salvando las distancias) el Estrecho de Gibraltar (‘El niño’) o el barrio de ‘El príncipe’; que si ellos tienen ghettos raciales potencialmente conflictivos, nosotros tenemos temporeros africanos en Almeria (‘Mar de plástico’), prostitutas y magnates rusos (la sublime ‘Crematorio’) o comunidades musulmanas y yihadistas infiltrados (‘No habrá paz para los malvados’).

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Fotograma de ‘El niño’ (Daniel Monzón, 2015), con el Peñón de Gibraltar (¿digital?) al fondo.

[ACLARACIÓN: Estoy hablando de posibilidades narrativas, no juzgando ni criminalizando a estos grupos, que nadie se la coja con papel de fumar, por favor]. En fin, que si los americanos acogen a intérpretes ingleses, australianos o cualquier actor anglófono, nosotros tenemos, por ejemplo, impagables actores argentinos (‘Darin en ‘Truman’, o los atracadores de ‘100 años de perdón’). Y que si ellos tienen bancos que atracar, en fin, qué demonios, nosotros tambien. Y quizá con más razón.

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