‘El mundo es nuestro’ (2012): la gran comedia olvidada

Para quien no conozca el fenómeno, hay que decir que el Culebra y el Cabeza se convirtieron en un auténtico fenómeno en Internet, dos chavales sevillanos de barrio que en varios vídeos hacían unas ‘sesudas’ disquisiciones sobre la situación económico-social del país, desde su banco del parque. Detrás de ellos, estan los actores Alfonso Sánchez y Alberto López, hoy rostros habituales en series como ‘Allí abajo’, o películas como ‘Grupo 7’ u ‘8 apellidos vascos’.

8apellidos

No eran el Culebra y el Cabeza sus únicos personajes: siempre en clave sevillana, parodiaron la idiosincrasia de este país mediante otros personajes como dos señoritos andaluces. Pero por alguna razón, el Culebra y el Cabeza tuvieron tanto éxito en Internet que desembarcaron en la gran pantalla.

Conociendo la procedencia del proyecto, tenía todos los recelos del mundo a verEl mundo es nuestro. Es cierto que, para una plataforma como Internet, dos chavales sentados en un banco dialogando con un innegable salero puede ser una propuesta atractiva, pero para una película, no parecía el material más prometedor. Sin embargo, el film, escrito, producido y dirigido por uno de los dos integrantes del tándem, Alfonso Sanchez (que interpreta al Cabeza), se aleja de la sucesión disparatada de chistes y gracejos que podría haber sido (al estilo ‘Condemor’ y demás subproductos procedentes del éxito televisivo del personaje en cuestión), para acercarse a un híbrido entre ‘Tarde de perros’ y Berlanga.

La premisa: el Culebra y el Cabeza, hartos de su falta de expectativas y de la actual coyuntura socio-económica, deciden tirar por el camino de en medio: emulando a su idolatrado ‘Dioni’, deciden robar un banco y ‘darse el piro’ a Brasil. Pero claro, la cosa se complica, debido a su falta de ‘luces’ y a la casual irrupción de un hombre bomba que amenaza con volar el banco si no se cumple su exigencia de salir en televisión.

elmundoesnuestro

El guión, más poliédrico y menos maniqueo de lo que cabría esperar, encierra en ese banco a casi todos los actores de esta crisis: los chavales de barrio sin oficio ni beneficio, el empresario atrapado entre la administración morosa y el impago a sus empleados, el obrero en paro que sobrevive haciendo sus ‘chapus’, la funcionaria amargada, el banquero avaricioso, sus empleados explotados, la pareja a punto de hipotecarse, los políticos corruptos, y hasta el chino de rigor. Todos tienen algo que decir en el conflicto, todos tienen también sus miserias, pero también su dignidad. La historia tiene ritmo, se sostiene muy bien, llegando incluso a emocionar (aunque haya algún subrayado lacrimógeno excesivo, se lo perdonamos).

elmundoesnuestro3

Y el Culebra y el Cabeza hacen lo que mejor saben hacer: hacernos partir de risa desde el primer fotograma hasta el último. La puesta en escena es mejorable, pero el film en su totalidad funciona con una soltura admirable en un debutante, y lo mejor de todo, conectará con el público. Con una distribución y una promoción potente, como la de Mediaset con ‘8 apellidos vascos’, ‘El mundo es nuestro’ podría haber sido un boom en taquilla. Pero no era el caso, a pesar de que sus autores pusieron todo su esfuerzo. Cosas de show bussiness.

elmundoesnuestro2

“Si no puedes con tu enemigo, ríete de él”, parece que pensaron Alfonso Sanchez yAlberto López, y haciendo gala de algo tan español, tan andaluz, como la autoparodia, pintaron un desternillante fresco de la situación actual, pero también del carácter de una región y de un país entero. Ya estáis tardando en verla.

‘Estado de sitio’ (1998): el cine como premonición

Aunque no sería lo deseable, lo cierto es que los últimos acontecimientos mundiales, y en especial los cruentos atentados de París, han puesto de total relevancia un film que siempre aprecié pero que ahora cobra más relevancia que nunca. Si nos dijesen que ‘Estado de sitio’ (Edward Zwick. ‘Leyendas de pasión’, ‘El último samurai’, ‘Diamante de sangre’) es de 2015 sería facil creerlo. Pero lo más curioso es que se estrenó en 1998, incluso tres años antes del atentado de las Torres Gemelas.

The Siege 3

En un principio, la trama sobre una célula islamista está lanzando ataques terroristas en Nueva York ya sonaba extrañamente familiar en 2001, ya justificaba preguntarse qué información manejaba Lawrence Wright (autor de la historia y coautor del guión junto con el pripio director y Menno Meyjes). Yo me lo sigo preguntando. Pero a la luz del curso que han tomado los acontecimientos hasta el día de hoy, su capacidad premonitoria es espeluznante. Valga un extracto de su sinopsis de venta:

A medida que la persecución del terrorista va haciéndose más angustiosa, las vidas de estos personajes se ven mezcladas en un dilema terrible y aterrador, en una situación que amenaza la misma esencia de una sociedad democrática y las premisas básicas en las que se fundamenta.

Desde la primera escena del secuestro del autobus en Brooklyn, ‘Estado de sitio’ es un tenso y enorme thriller de acción, que más allá de su excelente reparto (que también incluye a una Annette Benning pre-‘American Beauty’ y a Tony Shalhoub), y de un final que está a la altura del resto de la historia, ‘Estado de sitio’ (‘The Siege’), en su substrato temático, lanzaba las mismas preguntas que nos estamos cuestionando 17 años más tarde tras los terribles atentados de París: ¿hay que intentar eliminar la amenaza invisible con la fuerza bruta de la maza a pesar de violar nuestras propios derechos fundamentales, o usar el escalpelo para erradicar la amenaza? ¿Debemos renunciar a nuestras libertades en pos de la seguridad? Incluso la explosión de una bombilla que provocó el pánico en París hace unos días parece sacada de una genial escena de ‘Estado de sitio’.

The Siege 2

El film contiene momentos potentes e impagables, como ese campo de beisbol (o futbol americano, ahora no recuerdo) convertido en campo de concentración de árabes en plena ley marcial aplicada por el militar Deveraux (Bruce Willis), a cuyos expeditivos métodos se enfrenta el agente del FBI Anthony Hubbard (Denzel Washington), empeñado en desarticular la célula por la via policial y democrática. Sorprende su escasa valoración por parte de algunos críticos, sobre todo porque, si hilamos fino, la historia, cuestiones y mensaje que plantea ‘Estado de sitio’ no distan tanto de las que reflejaba, salvando las distancias, ‘Sed de mal’ (Orson Welles, 1958), ambiguo final incluído.

Suficientes elementos como para revisar un film infravalorado y totalmente aconsejable para quienes todavía puedan soportar un poquito de terror yihadista en la ficción. ¿Porque… hay mejor película que aquella que nos hace reflexionar sobre nosotros mismos, sea como personas o como sociedad?

‘Mi gran noche’ (2015): revuelto de risas con caspa

El look hortera, bizarro, pasado de rosca de Mario Casas, con esa melena rubia, marcando musculazos y versionando el ‘Torero’ de Chayanne como si una parodia de José Mota se tratase, se antoja toda una declaración de intenciones: ‘Mi gran noche’ tiene más de estrambote y de exageración disparatada que del humor negro y la mala baba habitual en Alex de la Iglesia.

Si en ‘La chispa de la vida’ (2011) de la Iglesia fijaba su cámara en el circo televisivo, ‘Mi gran noche’ vuelve a satirizar la televisión y la fama, pero esta vez desde el cartón piedra de la grabación de un casposo programa de Nochevieja. El problema es que ‘Mi gran noche’ acaba cayendo en la misma vacuidad que parodia.

Mi gran noche bombero

‘Mi gran noche’ es divertida, al menos para el sentido del humor de un servidor, fan de ese toque del director bilbaíno. Su endiablado e histérico ritmo (quizá demasiado para algunos espectadores) dispara diálogos y gags como una ametralladora, y conserva mucho del ingenio punzante de su creador, siempre hábil retratando las miserias y chascarrillos de esta España nuestra de charanga y pandereta.

raphael mi gran noche

La anunciada presencia de ese genial performer llamado Raphael no defrauda. No es precisamente la primera vez que el de Linares se pone delante de las cámaras, pues protagonizó muchos films allá por los sesenta, en pleno apogeo de su fama. Pero aquí interpreta una acertada caricatura de sí mismo desde su propio nombre, Alphonso: una mezcla de divo endiosado y de maligno Darth Vader (ese tocador en su camerino).

Sin embargo, su supuesto oponente, Adanne (un Mario Casas también autoparódico), a pesar de ser tronchante, es demasiado plano e inepto para sostenerle un duelo, y pronto el film abandona una trama central que prometió y que prometía, para disgregarse en multitud de historias, algunas simpáticas (el gafe de una encantadora Blanca Suárez), otras vodevilescas (las escenas de matrimonio de Hugo Silva y una Carolina Bang que sigue haciendo honor a su explosivo apellido) o directamente esperpénticas, pero sin la esperada mordiente en un ‘De la Iglesia‘.

Areces Ordoñez mi gran noche

A pesar de las risas sin tregua, falta un eje lo suficientemente fuerte que vertebre la historia y sobre el que pivote el disperso interés del espectador. Quizá sobran caras conocidas y faltan historias y personajes de más entidad. El final, entre el slapstick y Benny Hill, confirma ese tono casposillo. Pero no de la caspa autoconsciente de ‘Muertos de risa’, sino de la que segrega el humor blanquito (y no por falta de escatologia) para todos los públicos.

Series de los 80 que marcaron mi infancia y me dejaron ‘asín’

En enero de este año se cumplieron la friolera de 32 años del estreno de la mítica serie ‘El Equipo A’, en la NBC americana. Así que, como homenaje, aquí va mi primer post sobre las series que mamé en los 80, para que los nativos digitales sepáis lo que se veía antes de que nacierais, y para que los que escribisteis a Olivetti recordéis lo que era bueno, antes de volveros unos “seriéfilos” pretenciosos y ‘cool’, de los que sólo ven series de la HBO y en V.O.S. Empezamos por la cumpleañera:

‘El Equipo A’ (‘The A team‘, 1983 – 1987)

EquipoA

Con su mítica cabecera (“En 1972, un comando formado por cuatro de los mejores hombres del ejército americano, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido…”) y su inolvidable música inicial (ta-ta-ra-taaa, ta-ta-taa, ta-ra-ra-ra-ta-taaa / ta-ta-ri-ro-ra…”), El Equipo A es quizá la serie más emblemática de los 80. El susodicho equipo lo formaban el cerebro John “Hannibal” (no confundir con Lecter) Smith, su inseparable puro y su “me encanta que los planes salgan bien” (por cierto, a más de uno sorprenderá saber que George Peppard, en su juventud, habia protagonizado ni más ni menos que “Desayuno con Diamantes”, de Blake Edwards, junto a Audrey Hepburn); M.A., interpretado por Mr.T (¿o era al reves?), esa mole negra de carácter hosco, con su cresta, sus cadenas, sus anillos, y su miedo a volar, que un año antes había interpretado a Clubber Lang, el malo malísimo de Rocky III; Templeton Peck “Fénix” (Faceman en EEUU), interpretado por Dirk Benedict, el guaperas y ligón del grupo, con ese Chevrolet blanco descapotable con el que soñábamos muchos de los niños de aquella época, y “Murdoch” (Dwight Schultz) y su carácter juguetón, rayando la locura, que a veces daban ganas (al menos a mi) de darle un par de hostias para que se comportara.

Esto era estilo antes del Hyunday Coupé tuneado y el pelo a tazón.

Esto era estilo antes del Hyunday Coupé tuneado y el pelo a tazón.

Esta caterva de personajes iban todo el dia de arriba para abajo en una furgona MG negra con alerón rojo que molaba mogollón, huyendo de las fuerzas de la ley y el orden, que los perseguian por ese delito que no habían cometido, y de paso, donde iban parando a mear, ayudaban a los oprimidos y los pobres a luchar contra las injusticias y contra los malos malísimos de cada capítulo. Lo más curioso es que a pesar de los tiros, de los coches que volcaban y de las explosiones, nunca moría nadie. Y eso tiene mucho mérito. ¡Ah! Y cuidado con dejarlos encerrados en un taller, por que se arremangaban, y a golpe de soplete y destornillador, salían de allí en avión. Ah, y salía una chica muy guapa que se llama (ojo) Melinda Culea. En fin, con ese nombre se entiende que no llegase muy lejos.

Ah, en 2010 alguien cometió el sacrilegio de adaptarla al cine 25 años después, con Liam Neeson y Bradley Cooper. Ojalá ardiesen en el infiernos los productores, el director, y el guionista, si es que hubo.

‘El coche fantástico’ (‘Knight Rider‘, 1982 – 1986)

coche-fantastico¿Qué mas se puede decir de Michael Knight y su inseparable y flipante chupacuero? Bueno, y de su coche, Kitt, claro. El argumento era algo así: el guaperas de Michael Knight (David Hasselhoff pre ‘Baywatch‘), un señor mayor y adorable que era su jefe, y la única mujer mecánica (y buenorra) que he visto en mi vida, iban de pueblo en pueblo en un trailer donde guardaban a Kitt (interpretado por un Pontiac Firebird tuneado), un cochazo negro reluciente y alucinante, que riete tú de los de ‘A todo gas’, que en vez de llevar faros de posición llevaba una luz roja en el morro que iba de un lado a otro, y que hablaba, pero con criterio, antes de que se empezase a escuchar eso de la inteligencia artificial. Total, que como el Equipo A, cuando paraban en un pueblo, siempre había un abuso o una injusticia que resolver, y entonces sacaban una rampa de la parte de atrás del trailer y salia marcha atrás ese pedazo de coche conducido por Michael Knight y allí que se iban a investigar y resolver lo que hiciera falta. Mientras llegaban a los sitios, Kitt y Michael hablaban un poco de todo, se iban chinchando mutuamente, o se echaban un julepe.

Los diálogos no eran de Tarántino (ya sabeis, cuartos de libra con queso y masajes en los pies), pero bueno, pasabas el rato. Kitt era tan listo que podría conducir sólo y llegar a los sitios sin GPS ni nada. De hecho, la auténtica función de Michael era liarse a mamporros con los malos, aunque al final siempre le tenía que salvar el culo Kitt cuando lo llamaba desde un reloj calculadora de esos que hacían furor en los 80.

Lo más flipante era cuando Michael pulsaba un botón y el coche fantástico se hacía más fantástico aún, y le salían alerones, se le estiraba el morro, se levantaba el chasis y ponía el turbo, aunque se notaba de lejos que simplemente estaban acelerando la imagen. Efectos especiales made in 80’s. Por cierto, que aquí tampoco moría casi nunca nadie, por que si no nuestros padres no nos habrían dejado verla.

Como no podía ser menos, algún iluminado pensó que vosotros, nativos digitales, mileniales o como leches os llaméis, también teníais derecho a ver este hito televisivo. Pero en lugar de reponerla, no se les ocurrió otra cosa que hacer que… ¿adivinais? ¡Un remake! Igual era para blanquear dinero, pero el caso es que el nuevo Kitt se acabó gripando, a juzgar por las críticas recibidas.

Ah, una vez vi un Pontiac Firebird por Sabadell, y sin los tapacubos de Kitt y con matrícula española perdía mucho. 

‘El halcón callejero’ (‘Street Hawk‘, 1985)

halcon_callejero

Quizá muchos no os acordéis de esta, por que sólo duró una temporada. O sea que muy buena, muy buena, tampoco sería. Si ni siquiera han hecho un remake. Vaya por delante que yo la tengo en un rinconcito de la memoria, así que tampoco me acuerdo muy bien, pero vamos, no hay que acordarse mucho para saber que el planteamiento era un calco descarado del éxito de ‘El coche fantástico’, pero en lugar de un coche, pues se ve que los directivos de la ABC (cadena rival de la NBC) se estrujaron los sesos y decidieron usar… ¡una moto! Así que la cosa iba de un madero al que elegían para probar un nuevo prototipo de moto a lomos de la cual combatía el crimen organizado, y también el desorganizado, de Los Ángeles. O sea, todo muy en la linea ingenua de los 80, cuando los buenos eran buenísimos, y los malos, gente muy dañina. Y siempre ganaban los primeros. Eso sí, la moto, era chanante (aunque no tanto como Kitt), y creo recordar que yo me la compré de juguete.

Y ojo, por que según la Wikipedia, el mismísimo Clooney salía en el segundo capítulo. Si es que todos tenemos un pasado que nos gustaría quemar. De hecho, tengo entendido que el propio Clooney intentó robar y destruir todas las copias en VHS, Beta y U-Matic del capítulo, pero alguien se le adelantó y años mas tarde lo colgó en Youtube. Así que si quereis chantajear a toda una estrella de Hollywood, os lo voy a poner fácil. Ah, para los que (aún) no sepáis inglés, está subtitulado en finlandés.

‘Canción triste de Hill Street’ (‘Hill Street blues‘, 1981-1987)

Hill Street Blues

Ojo, por que aquí hay que cuadrarse y ponerse serios. Olvidaos de las horteradas anteriores, por qué ‘Canción triste de Hill Street’ está considerada aún hoy en dia como un referente de serie policiaca de calidad, o sea, como ‘The Wire’ pero en los años de Naranjito. Entre otras cosas, destacaba por su realismo, por ser pionera en el uso de muchos personajes (el protagonista era el Capitán Furillo. Sí, sí, Furillo), en el hecho de indagar en sus vidas privadas, de usar muchas tramas paralelas que no se cerraban en cada capítulo, y por que se disparaba más bien poco, y cuando lo hacían tenían que dar el número de serie de la pistola, el de la placa y un montón de explicaciones, y además se sentían fatal. Ni que decir tiene que justo por eso a mi me parecía un poco tostón, que esta le gustaba más a mis padres, pero bueno, ya sabéis cómo es eso de la nostalgia. En lugar de la acción, aquí lo que importaba más que nada era las relaciones entre los personajes y sus conflictos internos, del estilo de “¿habré hecho lo correcto?”, “¿está el deber por encima de mi moral?”, “¿cuando me van a pagar los trienios que me deben?”.

Lo más gracioso del asunto es que la serie se llamaba originalmente ‘Hill Street Blues’ siendo ‘blues’ el modo de referirse al uniforme policial. O sea, que deberían haberla traducido como ‘Policias de Hill Street’. Pero como en la piel de toro de inglés hemos andado siempre escasos (y no te digo ya de jerga americana) aquí creyeron que lo de ‘blues’ era por el género musical y lo tradujeron por “Canción triste”, por que el blues es una música de por si misma triste. Pero, de rebote, le da más calidad, pues en vez de el título de una serie de polis parece un tema de Charlie Parker.

Os dejo con la cabecera y su mítica sintonía, a ver si os remueve algo.

McGyver‘ (1985-1992)

MacGyver

Dejemos las series de calidad y volvamos a la esencia de los 80. El argumento de esta tampoco era muy complejo: el prota era Angus MacGyver (Richard Dean Anderson), un agente secreto a sueldo de la Fundación Phoenix (con ese nombre, seguro que le pagaba en B), que iba por ahí a bordo de un jeep enfrentándose a villanos sin escrúpulos y organizaciones criminales que no pagaban el impuesto de sociedades. Siempre iba cargado con una mochila en la que llevaba una navaja suiza, una caja de clips, una linterna, goma-2, etc. es decir, lo normal para irse de acampada. El tío debía de ser licenciado en Ingenieria o algo así, por que como le dejases a mano un compás y una broca del 15, te construía un Kalashnikov. ¿Quien en aquella época no ha intentado imitarlo y fabricar una bomba casera con un chicle y una caja de cerillas? Este tío tuvo la culpa de muchas catástrofes domésticas en los años 80. De hecho, lo de tirar bolitas de papel de libreta mojadas con el tubo de los bolis Bic en plan cervatana seguro que lo vió alguien en un capítulo de McGyver. Por cierto, que McGyver hubiera encajado muy bien en el Equipo A, por que además de ser un manitas, también era un pacifista, ya que siempre ganaba, pero nunca mataba a nadie.

Os dejo con la intro, y os lanzo una pregunta: con este auge de lo vintage y de lo ochentero que vivimos hoy dia: ¿alguien tendrá huevos para recuperar el peinado de McGyver?

Corrupción en Miami‘ (‘Miami Vice‘, 1984-1989)

MiamiViceEsta serie la iban a traducir literalmente y llamarla ‘Vicio en Miami’, pero como sonaba a peli porno, y en España siempre hemos sido más de corrupción (aunque vicios tampoco nos falten), pues se quedó en ‘Corrupción en Miami’.

En fin, el guión tampoco era de Bergman: Sonny Crocket (cómo me molaba ese nombre), interpretado por Don Johnson, un guaperas de la época, pareja de Melanie Griffith antes de que ésta conociera a Antounio, y Ricardo Tubbs, interpretado por Phillip Michael Thomas, se paseaban por Miami a bordo de un un Ferrari Testarrosa blanco, luciendo estilo, sobre todo Sonny Crockett, con su chaqueta blanca sobre su camiseta playera, su pantalón también blanco por los tobillos y sus nauticos. Estilazo de los 80. Ambos formaban la brigada antivicio de Miami, y combatían amenazas como el crimen organizado, el trafico de armas y drogas, el comunismo, y la falta de glamour.

La serie la producía Michael Mann, que en 2006 quiso hacer un remake en cine, con Colin Farrell y Jamie Foxx, y Luis Tosar como malo traficante sin escrúpulos, pero la cosa no funciono demasiado, por que les faltaba ese estilazo de los 80, pues aquellas chaquetas blancas y aquellos náuticos ya no se fabricaban.

Como curiosidad, muchas estrellas de hoy dia aparecieron en capítulos o cameos, cuando solo los conocían en su casa. Es el caso de Ben Stiller, o de Bruce Willis, este último haciendo de traficante de armas que acaba muy malamente. Ahí tenéis la prueba, un montaje del capítulo  en cuestión con música de Phil Collins. ¿Se puede pedir mas?

En el proximo post seguiré inyectando dosis de cutrez y frikismo a este blog con más series ochenteras y horteras, que marcaron mi infancia y me dejaron ‘asín’.

Geografías fílmicas: la ambientación, elemento narrativo esencial

No logro encontrar la página ni la cita, pero en un punto del libro “Cómo escribir una serie dramática de television”, de Pamela Douglas (2007) se habla de la importancia de localizar las series en un lugar concreto, en un universo en particular. Saco esto a colación por que hoy quiero hablar de un tema que considero importantísimo a la hora de crear una serie o una película, y que marca una de las diferencias más claras entre la ficción estadounidense y la española, y el éxito que una y otra cosechan entre nuestro público. Es la cuestión de la ambiéntación geográfica y social de una ficción.

¿Cuantas series españolas recordamos que lleven el nombre de una ciudad o de un barrio en su título? Pocas o ninguna, ¿verdad? Sin embargo, todos conocemos ejemplos como ‘Corrupción en Miami’, ‘Doctor en Alaska’, ‘El Príncipe de ‘Bel-Air’, ‘Policías de Nueva York’, ‘CSI: Miami’ o ‘CSI Las Vegas’. De hecho, en su libro, Pamela Douglas venía a decir algo así como que una pregunta que te van a hacer si intentas vender una historia es ‘¿pero esto, dónde sucede?’. Sí he podido rescatar del libro la frase de la guionista y productora Georgia Jeffries: “…para mí, un lugar es un personaje”. Y no siempre es necesario que aparezca en el título. ¿Donde sucede Dexter? En Miami. ¿Donde acontece ‘Breaking Bad’? En Nuevo México. ¿Algún fan de ‘The Wire’ ignora donde esta localizada? No, ¿verdad? Por que ‘The Wire’ era, sobre todo una serie sobre Baltimore, quizá el ejemplo más claro de cómo un escenario, una ambientación, puede llegar a formar parte de la propia propia identidad de la ficción, de su ADN, cuando no de su propia premisa, como en el caso de la serie de culto creada por David Simon.

the-wire_baltimore

Las míticas calles de los suburbios de Baltimore, escenario principal de ‘The Wire’

La ficción americana ha sabido usar su geografía y su realidad geográfica, histórica y social para construir sus relatos. Hollywood ha convertido sus ciudades en iconos cinematográficos, y sus diferentes territorios, con su propia idiosincrasia, en lugares comunes para espectadores de cualquier lugar del planeta. Si viajamos mentalmente a California, nos encontraremos en playas llenas de bellezas rubias, skaters, con la montaña de Hollywood de fondo. Podemos concretar más y decir ‘San Francisco’, y pensaremos en sus calles empinadas, que tan bien han explotado para filmar persecuciones (‘Bullit’, P. Yates, 1968; ‘La Roca’, Michael Bay, 1996, etc.), en el Golden Gate o en Alcatraz (de nuevo ‘La Roca’, o la mítica ‘Fuga de Alcatraz’, Don Siegel, 1979).

Las míticas calles empinadas de San Francisco, escenario de innumerables persecuciones. Arriba: ‘Bullitt’. Abajo ‘La Roca’

¿Quién no recuerda la persecución en coche de ‘The French Connection’ (J. Frankenheimer, 1971), bajo ese puente de Brooklyn? ¿O ese carrito de bebé cayendo escaleras abajo en mitad del tiroteo en la Union Station de ese ‘Chicago años 30’ en ‘Los Intocables de Elliot Ness’ (B. De Palma, 1987).

‘Los intocables de Eliot Ness’ y su icónica escena en las escaleras de la Union Station de Chicago.

Durante algún tiempo he sido analista de guiones, la mayoría de ellos amateurs, para una pequeña productora de Barcelona. Uno de los errores que suelen cometer los principiantes, y no tan principiantes es no ambientar la historia en ningún sitio. Una ciudad cualquiera, un pueblo X, un bosque en medio de ningún sitio. Por supuesto, no toda historia tiene que estar localizado en un lugar en concreto. Esto es muy aplicables sobre todo a los cortometrajes, que suceden en una localización cuya localización geográfica es lo de menos. Por ejemplo, una pareja que discute sobre su relación en la cama de un dormitorio, o un thriller psicológico y claustrofóbico que sucede en las escaleras de un portal. Y por supuesto hay grandes excepciones incluso en el largometraje americano, como ‘Seven’ (David Fincher, 1995), que sucede en una ciudad cuyo nombre nunca llegamos a saber, a pesar de que se refieren constantemente a ella como ‘esta ciudad’, y de que tiene un gran peso en la historia. Pero ese es justamente es una de los ingredientes intencionales de su ambientación.

'Seven' y su ciudad sin nombre

‘Seven’ y su ciudad sin nombre

Pero volviendo a la construcción de lo que yo llamaría una geografía fílmica americana”, no es solamente una cuestión de lugares icónicos, sino también de idiosincrasias locales. Retomando los ejemplos anteriores, podemos hablar de Nueva York y Chicago, tantas veces usadas (y no sin razones históricas) como sedes del hampa en la ficción americana. Esta geografía fílmica americana, seguramente basada en gran parte en el ‘cliché’, provee sin embargo una serie de efectivos (y efectistas si se quiere) telones de fondo listos para usar a conveniencia de cada relato, ya sea en concordancia con la historia, ya sea para generar contraste. Encontramos un ejemplo reciente de ese contraste en ‘Dallas Buyers Club’ (J. Marc Valleé, 2013), que usaba la fuerza del choque entre la cuestión gay y transexual y el clásico ambiente conservador tejano.

Jared Leto en 'Dallas buyers club'

Jared Leto en ‘Dallas buyers club’: gays y travestis en la conservadora Texas.

Pues bien, como decía antes, esto es (o al menos ha sido históricamente) muy diferente en nuestro país. Será por nuestro eterno cainismo, nuestros recelos regionalistas o nacionalistas (los periféricos, pero también los centralistas), o por nuestro complejo de inferioridad, que tantas veces deviene en odio o desprecio hacia el vecino, pero parece que en nuestro país siempre ha habido un cierto miedo o respeto a localizar claramente las ficciones en un lugar en concreto, y no digamos ya a utilizar nuestras diferentes idiosincrasias locales o regionales para crear conflictos potentes, sean cómicos o dramáticos. (Hablo del cine español post franquismo, puesto que si había un cine basado en los ‘clicheses patrios’ más recalcitrantes ese era el del régimen, pero no sería esto a lo que me refiero).

En cuanto a lo primero, no se ha sabido construir propiamente una geografía fílmica española, un mapa patrio de lugares cinematograficamente emblemáticos, de aquellos que hacen las delicias de un turista cinéfilo. A lo mejor es una sensación mía, pero diría que durante mucho tiempo, el cine español ha adolecido de ambientaciones etéreas, películas en las que no se sabía muy bien donde sucedía la acción, y ese ‘donde’ no importaba demasiado en la trama. La mayoría de películas estaban ambientadas en Madrid, pero ni siquiera se hacía demasiada referencia a ello, ni se usaban sus geografías para generar imágenes potentes. Hay excepciones, y quizá por ello se han convertido en imágenes icónicas de nuestro cine: es el caso del impresionante escena de la Gran Via madrileña vacía en ‘Abre los ojos’ (A. Amenabar, 1998), o incluso de su final en lo alto de la Torre Picasso.

La Gran Vía vacía en 'Abre los ojos'

La Gran Vía vacía en ‘Abre los ojos’

O de ‘El día de la Bestia’ (Alex de la Iglesia, 1995), que hizo más famoso aún el famoso luminoso de ‘Schweppes’ de la Plaza Callao de la capital. O las Torres Kio, o incluso la estatua del ángel caído del parque de El Retiro.

Madrid, escenario de 'El Día de la Bestia'

Madrid, escenario de ‘El Día de la Bestia’

Seguro que aquí podemos citar también a Almodovar. Y aunque no tuvo ni mucho menos tanto éxito, ni contenía imágenes tan icónicas, personalmente guardo un cariñoso recuerdo de una comedia coral, ‘Kilómetro 0’ (Yolanda García Serrano, Juan Luis Iborra, 2000), que hacía de la Puerta del Sol de Madrid, y del verano en la capital, con su calor sofocante, su falta de mar y sus calles semivacías, el principal atractivo de su premisa y su telón de fondo.

Si hablamos de los segundo, de jugar con las idiosincrasias y el carácter singular de los diferentes territorios de nuestra geografía para ambientar nuestros films, tirando de memoria cinematográfica (la mía es muy limitada y por ello mis argumentos totalmente refutables) pienso en un film muy mítico en mi infancia: ‘La estanquera de Vallecas’ (Eloy de la Iglesia, 1987), en la que ya desde su título se informaba de la importancia que el carácter de ese barrio madrileño y sus gentes allá por los 80 tenian en la trama de una película que se podría inscribir dentro del ‘cine quinqui’ más suave. Pero de nuevo hablamos de Madrid, que no en vano es, además de capital política, capital cinematográfica de España.

estanquera_vallecas

No es lo mismo una estanquera de Vallecas que un estanquera en Chamberí.

Ya en los 90, fue Santigo Segura el que vino a sacar de debajo de la alfombra todos nuestros complejos y en usar lo mas cañí y casposo de la identidad española para crear ese esperpento que es ‘Torrente’ (1997). Y el resultado fue un éxito clamoroso. Sin embargo, no generó más tendencia que su propia saga, que a día de hoy se ha ido completamente de madre, a pesar de la calidad del primer film.

Esta vez, sí parecen haberlo entendido, pues Antena 3 se lanzó a producir la serie ‘Allí abajo’, que básicamente era lo mismo pero a la inversa (vasco en Andalucía), y que cosechó buenos índices de audiencia.

‘8 apellidos vascos’ y ‘Allí abajo’: lo mismo pero al revés

Además, cabe destacar que Madrid ya no es el escenario de estas ficciones ‘vasco-andaluzas’, algo que yo enmarcaría en una cierta tendencia relativamente reciente a una especie de “deslocalización de la ambientación” en la ficción española, algo que considero una gran noticia, y que cabe suponer relacionada con la deslocalización de la producción.

Marismas Isla Mínima Alberto Rodríguez

Las marismas del Guadalquivir, protagonistas de ‘La Isla Mínima’

¿Queréis saber más? Hablaré de ello y de otras tendencias en la ficción española en mi próximo post.

‘Dos más dos’ (2012): como ser un ‘swinger’ y no morir en el intento

2mas2-frame3

Hoy os traigo un buen film argentino que se estrenó a principios de 2013 en España. ‘Dos más dos’, segundo largometraje de Diego Kaplan, nos habla de dos matrimonios de clase alta, uno más “aventurero” y otro más conservador, que deciden animar su monótona vida sexual haciéndose swingers, que no consiste precisamente en bailar swing sino en el intercambio de parejas. Una premisa, no tremendamente original, aunque sí atractiva y perfectamente plausible, que en otras manos, podría haber dado para una película de enredos más, pero que Kaplan se toma muy en serio.

El film empieza como una comedia ligera, sofisticada (algunos la compararon con las comedias de los 90 de Gómez Pereira), pero se acaba convirtiendo en algo más parecido a un drama, que pone encima de la mesa cuestiones muy serias e incluso incómodas, en un tira y afloja en el que (y esto es de agradecer) todos tienen su cuota de razón. Si el espectador medio fuese capaz de tomarse una comedia como ésta en serio, el film de Kaplan removería silenciosamente los cimientos de más de una pareja. ¿Y si fuera posible escapar de la rutina sexual entregándose al libertinaje mutuamente consentido? Imagino que ver “Dos más dos” en pareja puede ser algo así como ver una escena erótica con tus padres: algo incómodo.2mas2-frame4

El film de Kaplan propone un interesante debate en clave sexual entre estabilidad y fantasías insatisfechas, un pulso entre el conservadurismo (representada por las reticencias acomodaticias de Diego) y emociones fuertes (de las que presumen Richard y Betina). Después del liberalismo económico, ¿es posible el liberalismo sexual? ¿Se puede revivir la utopía del sexo libre en plena sociedad capitalista? ¿Es posible tenerlo todo, una vida acomodada y sexualmente emocionante? ¿Es posible compartir el placer con otros sin dañar la confianza de la pareja? “Dos más dos” responde a estas preguntas como lo hacen las buenas películas: con más preguntas, aunque quizá el desenlace se decante algo más por el fracaso de la utopía.

2mas2-frame

La (sorprendente) profundidad con que el guión aborda el tema encuentra su cenit en la escena del primer intercambio, de una tensión, un erotismo y una carga dramática enormes. Sin embargo, el gran acierto del film consiste en alternar dicha seriedad con multitud de situaciones hilarantes que arrancarán la carcajada de la platea, como los partes meteorológicos de Emilia (Julieta Díaz), o la orgiástica fiesta en el chalet, que recuerda a una ‘Eyes wide shut’ de andar por casa de campo.Y luego están los diálogos. A pesar de que los manuales de cine más polvorientos quizá tacharían de excesiva la torrencial discursividad del cine argentino, resulta imposible no dejarse llevar por la fluidez y verborrea de sus intérpretes. ‘Dos más dos’ no es una excepción.  Por cierto que todos los actores, no muy conocidos (¿aun?) por estos lares, están geniales. Su único ‘pero’ quizá sea su mejorable puesta en escena y cierta sensación de pérdida de ritmo y desajuste del tono hacia el último tercio.

Sin embargo, el film de Diego Kaplan sigue siendo una atrevida y muy entretenida disección de los deseos insatisfechos y las fantasías incumplidas de las clases acomodadas, y en general, de cualquier animal civilizado que necesite, parafraseando a Sabina, ‘pastillas para no soñar’.
‘Dos más dos’ fue, por cierto, la última película distribuida por Alta Films antes de su cierre en 2013.

El Caballero Oscuro (2008): Nolan y el exceso

Después de apuntar muy buenas maneras redefiniendo el perfil cinematográfico de Batman con su magnífica ‘Batman Begins’, Christopher Nolan acometía la segunda entrega de su particular saga sobre el superhéroe de DC Comics. Si en la primera nos explicaba sus orígenes de un modo tan serio y realista (alejado de la personal fantasía de Tim Burton y de la esperpéntica falta de seriedad de Joel Schumacher) de tal modo que uno podía llegar a creer que alguien con un pasado tan traumático y una personalidad tan atormentada pudiera llegar a convertirse en un oscuro superhéroe, en la segunda entrega Nolan seguía por la misma senda, forzando al máximo los límites del cine de superhéroes, llevándolo al terreno del thriller policiaco y de acción todo lo “realista” que el género permite.

batman-begins-dark-knight-header

No es casualidad que el nombre del superhéroe no aparezca en el título de la película: pareciera que Nolan sólo se había inspirado en Batman y su universo para construir un relato de acción con pretendido sustrato filosófico, poliédrico y coral donde “el caballero oscuro” comparte protagonismo con muchos otros personajes, donde lejos de la fantasía gótica de Burton, Gotham podría ser perfectamente Nueva York, y los Swat aparecen tanto como en cualquier blockbuster adrenalítico hollywoodiense.

batman-dark-night-heist-scene-joker

Es de suponer que esta nueva mirada desencantó a unos cuantos amantes del cómic, aunque gourmet del buen thriller policiaco americano y poco aficionado al cine de superheroes) siempre le ha parecido muy interesante. Sin embargo, ‘El Caballero Oscuro’ me parece excesiva en su metraje, y en la cantidad de frentes que mantiene abiertos, subtramas y elementos argumentales que contiene (tres protagonistas con su respectiva historia, y dos villanos con la suya propia, además los mafiosos, de la inevitable historia de amor-amistad de Batman con Rachel y los dos ayudantes el protagonista). Esto afecta a la estructuración del guión por actos y secuencias, que a mi entender no está bien resuelta, con excesivas subidas y bajadas de la tensión y demasiados giros y varios amagos de final para luego volver a complicar las cosas. Soy de los que piensan que la duración idónea de un film suele estar entre la hora y media y las dos horas, por lo que creo que, si de sagas se trata, este film hubiera podido dar lugar a dos entregas más, más cortas y mejor estructuradas.

batman-dark-knight-battersea-power-stationResulta inevitable referirse a la fantástica interpretación por parte de Heath Ledger (ya saben, su último papel antes de su muerte) de un Joker histriónico y patético, mucho más carnal, sudoroso y caótico, y menos elegante y cómico que el que interpretó Jack Nicholson en los films de Tim Burton. Un Joker que más que salido de una baraja de cartas, parece salido de un manicomio. Aquí podéis leer un interesante artículo sobre el Joker de Ledger analizado desde la teoría del juego.

joker-1-heath-ledger

En definitiva, ‘El Caballero Oscuro’ tiene los mismos mimbres que su primera y excelente entrega (la estética más realista y, a mi entender, elegante y atractiva de todas las sagas, gran calidad técnica, un buen elenco de actores, un guión con discurso, que no se reduce a la sucesión de escenas de acción, etc.), pero explicada ya la interesante peripecia vital de cómo Bruce Wayne se convierte en Batman, Nolan se centraba esta vez en una irregular y enrevesada trama policía-mafia-justicia, con Batman y el Joker de por medio, que quizá pretendía abarcar demasiado y al final el film se hace mareante y largo hasta el hartazgo.